Por eso el texto que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU diera a conocer ayer sobre Siria, un informe de 102 páginas que será presentado oficialmente el 17 de septiembre próximo, deja cierto regusto amargo. El documento apunta que tanto el gobierno sirio como los grupos armados de la oposición han cometido crímenes contra la humanidad, aunque matiza que en lo referido a las violaciones insurgentes “no tuvieron la misma gravedad, frecuencia y escala” que las cometidas por el régimen de Assad. La pelea es de león –el régimen que bombardea indiscriminadamente, ametralla a familias enteras y arrasa ciudades a sangre y fuego— contra mono amarrado –la oposición siria sin apoyo aéreo que batalla barrio por barrio y casa por casa--, y se pretende que el mono pelee limpio. Y no es que se esté de acuerdo en ningún caso, ni se relativice o justifique, la violencia revanchista, la crueldad y el exceso. Es que la mayoría de estas reacciones se habrían evitado si la comunidad internacional se hubiese mostrado solidaria con los reprimidos por las fuerzas gubernamentales y su maquinaria paramilitar, y hubiera actuado a tiempo.
Es lo que un día puede pasar en Cuba. La oposición cubana de dentro y fuera de la Isla se ha cansado de denunciar los abusos contra civiles indefensos --incluyendo mujeres y niños--, los asesinatos selectivos, los pogromos neofascistas, los desalojos, las golpizas, mientras la comunidad internacional permanece insolidariamente cruzada de brazos –la ONU en primer lugar--, y no debería extrañar a nadie que el día después los reprimidos históricamente se tomen la justicia por su mano. Algunos espectáculos pueden ser dantescos. Sucede cuando la injusticia se acumula y el desprecio a las víctimas se generaliza. Como en el caso sirio.
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