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¿Aguanto la risa para lucir moderno?

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Conozco a una adolescente de catorce años que ha optado por no reír. Ante todas las circunstancias risibles o jocosas que se le presentan, ella se limita a pronunciar en voz alta el acrónimo LOL, el cual, como sabemos, es utilizado en Twitter para expresar hilaridad con el máximo ahorro de caracteres, en tanto abreviatura de Laughing out loud, o de Laugh out loud.

¿Será un caso aislado, propio de la tendencia hacia los extremos que a veces manifiestan algunos adolescentes en el proceso de reafirmación de su individualidad? Personalmente, no he sabido de otro ejemplo como este. Pero no dudo en lo más mínimo que existan. Dentro de un medio tan predominante como Twitter, cuesta creer que aquello que influye de manera notable en un usuario no influya también en muchos otros, y más tratándose de adolescentes.

Claro que igual no resulta ser más que una de esas majaderías pasajeras que son propias de la adolescencia, y que al final duran tanto como un granizo dentro de un plato de sopa hirviente. Dios lo quiera. Sin embargo, aun cuando no llegara a ser sino un pasatiempo baladí, conviene recordar que de la repetición sistemática de un acto surgen los hábitos, y ya se ha visto que las diminutas cadenas de los hábitos son durante un tiempo demasiado leves para que sintamos su peso, hasta que llegan a ser demasiado fuertes para romperlas.

¿Se imaginan la situación entre surrealista, cómica y tenebrosa que nos rodearía si a mucha gente le diera por sustituir sus carcajadas con la desabrida sigla LOL?

Por supuesto que no tengo interés en aburrir a nadie con otra cantaleta sobre el modo en que la risa ha venido acompañando a los humanos desde el mismo inicio de la civilización. Tampoco me propongo insistir en los consabidos efectos beneficiosos de la risa para la salud de las personas. Menos aún repetiré aquella aseveración -descalificada ya por los científicos- de que la risa es la única característica que nos eleva por encima de los otros animales, los irracionales.

Me limito a preguntar de qué manera nos las arreglaríamos si algún día se impusiera como moda responder estiradamente con el término LOL ante un chiste o algún otro cuadro gracioso que siempre provocaron carcajadas a mandíbula batiente. ¿La disyuntiva de aguantar la risa, aunque estuviéramos reventándonos, llegaría a convertirse entonces en un dilema, uno más, de la modernidad? Si me río, no estoy en onda. Y si quiero estar en onda, no debo reírme. ¿Aguanto la risa para lucir moderno o de lo contrario exploto en el intento?

Yo por lo menos me confieso a priori un absoluto incapacitado para asumir las expresiones de modernidad, si es que por tales aceptamos mansamente lo de aplicar a la vida cotidiana los anodinos códigos para la comunicación al uso en Twitter.

Hace muy poco, Javier Marías, uno de los mayores escritores contemporáneos en lengua hispana, acuñó: “Internet nos ha traído por primera vez en la historia la imbecilidad organizada, y esa es más difícil de combatir que la imbecilidad individual”.

Tampoco hay que tomar el asunto tan a pecho como Marías, puesto que si bien por un lado Internet destapa y expande las poquedades humanas, que son ancestrales y en modo alguno constituyen frutos de la modernidad; por otro lado, nos prodiga múltiples beneficios sin los cuales es inconcebible ya nuestra existencia.

Pero en dos detalles sí parece tener razón total Javier Marías: 1), la imbecilidad, cuando se organiza y se masifica, resulta tan difícil de combatir como la peor epidemia; 2) Internet, y en especial algunas de sus herramientas, como Twitter, resultan ideales para organizar ciertas conductas realmente imbéciles.

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