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Casimiro González, el hedonismo de las formas

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El pintor entrevistado en CNN

Con más de cincuenta exposiciones personales en su haber, y decenas colectivas, podría asegurarse que Casimiro González es un pintor consagrado. Pero él se resiste a aceptar esa definición.  En cualquier caso, su obra, marcada por la festividad del color y la hedonista proliferación de las imágenes –paradójicamente, las mujeres de Casimiro no sonríen ni siquiera mientras bailan, aunque tampoco les hace mucha falta-, se consagra en la recreación poética de un entorno cultural que no sabe andarse por las ramas.

Así, en los cuadros del pintor la vegetación exuberante, el azul exuberante, las anatomías exuberantes, constituyen puntos de partida hacia lo extraordinario. Las figuras surcando la tela intrépidas, inmersas en su fastuosa obesidad. ¿Obesidad? Cabría mejor decir en su esplendor, en su lánguida, pero trepidante, fluidez. Ellas nunca se pasan de la raya.

A propósito de su arte, el pintor nos concedió la siguiente entrevista. Que la disfruten:

Armando Añel: Háblenos de sus comienzos como pintor…

Casimiro González: La vida me hizo pintor. En 1980, en Chicago, tras llegar de Cuba, empecé a pintar sobre una sábana, con pintura de pared, para decorar el apartamento donde estábamos rentados. Pintando ese cuadro me tiraron una foto. Llegó esa foto a manos de un galerista americano y el hombre me quiso conocer, llegó a la casa buscando los cuadros y le dije que el único cuadro que tenía era ése. Entonces insistió en que yo debía pintar, y empecé a hacerlo.

En 1984 me mudé para Nueva York, donde residían varios pintores profesionales, amigos míos, y fui aprendiendo las técnicas más a fondo. Allí tomé más fuerza, de manera que cuando regresé a Chicago, en 1987, di el golpe de suerte. Participé en una exposición junto a otros pintores consagrados y fue un éxito. Una galerista americana comenzó a representarme y, sencillamente, seguí adelante.

En 1999 me mudé para Miami y aquí estoy en lo mismo, luchando.

AA. ¿Como pintor cómo se definiría?

CG. Hay críticos que han dicho que mi pintura tiene que ver con el realismo mágico. Lógicamente con los toques y colores del Caribe, de Cuba. Cuando comencé en Chicago mis colores eran muy grises, las figuras eran muy lánguidas, muy tristes. Empecé a evolucionar tras mi primer viaje a México, cuando descubrí que el color no era un patrimonio de Cuba, que los colores vivos existían en muchas partes.

AA. ¿Cómo se ve a sí mismo, como un pintor hecho o en evolución?

Todos estamos en permanente evolución. He logrado muchas cosas, pero me faltan muchas otras. Esas cosas van a venir, pero hay que trabajar. No se puede dejar de trabajar. Yo no me conformo.

Llevo ya en Estados Unidos 28 años, esta es mi segunda patria. También quiero mucho a México, donde he estado por largas temporadas y donde he aprendido mucho sobre su arte, tan grande. Todas estas mezclas las llevo dentro, esperando que exploten “como una bomba atómica”.

AA. ¿Qué opinión le merece el mercado de la pintura latina en Estados Unidos?

CG. La pintura latina tiene un buen mercado aquí. Y la cubana en especial. Hace poco escuché en CNN que los inversionistas en Estados Unidos estaban comprando oro y arte, fundamentalmente arte latinoamericano. Es lo que está en auge, el cambio que implica el color, las figuras, la poesía que hay en la pintura latina.

AA. En el caso específico del pintor cubano que llega a Miami, ¿qué le aconseja?

CG. Creo que aquí los pintores nos estamos dando codazos. Hay que darse a conocer, y si te dicen que hay un baño público de un restaurante donde puedes colgar tus cuadros, ir y colgarlos. Al menos los verá alguien, que en la casa pocos los ven.

Y salir de Miami, no importa dónde vivas en Estados Unidos. Hablar con los medios, navegar Internet, hay muchas posibilidades.

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