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Celda número cero (XIX)

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Yo asesiné en París a una muchacha,
le recité a Verlaine,
la llevé a Montparnase,
ella creyó que estaba ingrávida en Orión.

Hastiado me escapé
y ella murió.
No sé si vivirá
dichosa en algún sitio
pero en mi corazón es una sombra.

En Bagdad,
sobre el Tigris,
conocí a un caminante
el que también murió
sin hallar el sosiego del fin de su sendero.
¡Miren que preguntarme
a mí por el camino!

Y en Rusia
un viejo Pope se atrevió a asegurarme
que yo antes de morir
tocaría la grandeza.

No sé si la nevada
o el hielo de mis labios
pero al besar su diestra
se apresuró a decir:
No me creas, muchacho, que solo Dios lo sabe.