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Como un sueño holandés

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devorado por su vanidad
pongo en la mano del poeta / vecino
el sol de mi patio interior/ y no resiste.
Luis Yuseff

 

Poetas, qué miseria la nuestra, aquí la noche golpea en el patio, enmudecen pájaros y almas. La noche mía tiene una soledad, sangra porque todo es antiguo: el arte de morir y el temor por la vida. Las aves abandonan las terrazas, y el espíritu se nos seca. Sueño los girasoles de Holanda, entro en el sueño. Soy la fuerza obsesiva de la memoria, en los muros escribo nuestra maldición, no puedo decir lo que sucede dentro ni fuera.

Hay un eterno sitio, un sitio íntimo por recobrar, una casa desgarrada donde los hijos hilan el dolor, un jardín donde plantan su abedul y friccionan realidades. A veces me detengo en el camino, calmo el cansancio, luego marcho con rara complacencia, con la mísera ilusión del alimento para el día, y ese aire ajeno donde discernir la agónica desesperanza de los míos. Entono un canto. Te nombro, no despiertas. Escucho la música en tus ojos, en ti presiento un dolor, una palabra que abre la luz.

Regresé con el mar en los ojos, con esta soledad rumorosa, hinca el recuerdo, la voz se enjambra, mi recogimiento es triste, la luz se disipa, se abisma en mi corazón. Hacia la tarde voy, los gritos de las muchachas dan golpes en el agua de las caletas. Canto. Canto de la herida, la amarga marejada se raja en mi angustia.

Amados míos: el poeta entona una muchacha, la ve caer en un grito, con un solo de ave desgarrándose.
Mi amada no sabe de las sombras que maldicen mi nombre, este último día sin música, en el estrecho cielo que se cierra de golpe.

Afuera en el patio nadie entona los cantos, los días. Es la noche eterna donde acuden las aves, hilvano los ojos, su vuelo radiante, me atrinchero en las voces del sótano, llamo a la mar ventana, lluvia, y a la vuelta de un instante, aconteces en casa, en mi corazón. Tu nombre es música en mis días, tu falda de margaritas blancas. Las grullas avanzan indecisas, divisan mi muerte.

Miro el árbol antes que brote la lluvia, pronto será febrero, los gladiolos fulminan el jardín. Yo, Charlot, escucho una Conversación con los Difuntos, en las mecedoras con rumor de mar. Por la mar aturdido, confuso y sin ti. Muero bajo la luz desnuda de los ángeles, preciso a los muertos de la mar, escucho sus murmuraciones. El miedo existe tras el agua, alimenta mi nombre mientras me hundo en los que me lastiman. Los ahogados se alzan en la noche hasta el pecho de la playa, donde juegan en silencio con la húmeda inquietud y agonizan.

La mañana es tierna para abrigar el muro, el muro estalla en pequeños mares. Mañana no serán mis ojos. Qué dolor mañana. Será mañana para siempre. Desde El Puente contemplo la casona. Alucinantes mariposas sobre lápidas enormes retornan desde la mar, escribo informes, la extrañeza, y sobrevivo. La noche se parte, miro en tus ojos, la mar bate en ellos, azul enjambre.

La ciudad abre sus calles, los árboles enmudecen, el aire cruza lento, arrastra las voces, los seres contemplan los muros, escriben en el polvo. Los astros nos hacen partícipes de la noche rotunda, seguimos varados en la sombra, protegemos a los hijos, tiramos del carruaje. Veo espejismos desde el amanecer. Los pájaros graznan, el viento cruza por las celdas, por las heridas, violín agonizante. Soy como un país de humo. En los muros escribo nuestra maldición.

Del libro en preparación ‘Casa de agua’

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