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Con esos truenos no hay quien duerma

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¿Quién lo diría? La descompuesta calavera del comunismo pujando por salir de su féretro con ánimos para ser nuevamente el fantasma que recorre Europa, y acaso América.

Hace pocos días, los dos más renombrados escritores de Rumania, Ana Blandiana y Mircea Cartarescu, describían con breves y enjundiosas palabras los atisbos del fenómeno en su país. Cartarescu: “Muchos jóvenes se afilian a grupos de extrema izquierda y niegan los horrores del antiguo régimen. Quizás eso explique que la historia repita las mismas monstruosidades ideológicas generación tras generación”. Blandiana: “La destrucción de la memoria, que ha sido la condición primordial del comunismo para la *creación del hombre nuevo*, se perpetúa de esta manera con otros fines, pero con los mismos resultados. Olvidamos quiénes hemos sido, no entendemos quiénes somos y no nos importa quiénes seremos. Sin memoria y sin historia perdemos nuestra identidad”.

También en fechas recientes los lectores hispanos hemos tenido la oportunidad de conocer El futuro es historia, un libro donde la periodista y escritora rusa Masha Gessen habla sobre la existencia actual del homo sovieticus, personas temerosas, aisladas y amantes de la autoridad creada por el comunismo. “Durante el gobierno de Putin –afirma Gessen– quedó de manifiesto que la mayoría de los rusos no ansían la libertad ni van camino de converger con la ciudadanía de Occidente. El homo sovieticus goza de buena salud”.

Sus observaciones convergen con las de la Premio Nobel de Literatura en 2015, la bielorrusa Svetlana Alexievich, quien ha escrito y comentado públicamente en más de una ocasión sobre la nostalgia por la URSS que experimentan hoy muchos jóvenes rusos.

Viktor Orbán, especie de clon estaliniano (aunque posicionado en la extrema derecha), arrasó este año en las elecciones de Hungría. Es su tercer mandato consecutivo como Primer Ministro. Su punto principal en el programa: la lucha contra “el enemigo extranjero”. Pero mientras el palo va y viene, ha reformado las leyes para aferrarse al poder, sin sombras opositoras, en un sistema que graciosamente bautizó como “democracia no liberal”. En fin, el mismo perro del comunismo con apenas diferenciado collar.

Llaman la atención dos detalles: 1) Que tal incongruencia histórica se produzca también en aquellos países de Europa donde el comunismo fue impuesto desde Moscú a sangre y fuego. 2) Que aunque el fenómeno no es nuevo (por lo cual podríamos achacarlo a la nostalgia de antiguos militantes), se ha mantenido y crece con el relevo de las generaciones.

Hay abundante información que lo demuestra, y de fácil acceso en Internet. Así es que más útil que alargar el tema con datos sobre esta aberración europea, podría ser enfocarla en su variante más cercana. Digamos en Colombia, donde Gustavo Petro, candidato de la izquierda rancia, acaba de pasar a segunda vuelta en las elecciones presidenciales, no lejos en el porcentaje del candidato puntero, Iván Duque. O en México, donde López Obrador, entusiasta confeso del fidelismo, amenaza con ser el próximo presidente, salvo que la Virgen de Guadalupe realice un milagro de última hora.

Y es algo que tiene lugar mientras la dictadura de Maduro convierte en ceniza ensangrentada el patrimonio económico y cultural de Venezuela, y al tiempo que en Nicaragua y en la Cuba en ruinas se engrosan las cifras de mujeres y hombres (jóvenes sobre todo) apaleados en las calles y sepultados en las cárceles por mero desacuerdo político.

Olvidamos quiénes hemos sido, no entendemos quiénes somos y no nos importa quiénes seremos. Muy pertinente el tirón de orejas de Ana Blandiana. Porque con esos truenos, ¿quién duerme?