Inicio Libro en Vivo Cuánto valor cuesta no tener valor (fragmento)

Cuánto valor cuesta no tener valor (fragmento)

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Para Imre Kertész, el célebre escritor húngaro, Premio Nobel de Literatura en 2002, “el destino del varón en esta tierra no es otro que destruir lo tierno y lo bello, todo aquello que es más débil y frágil que él”. Kertész describe así el paisaje de su tiempo, que es el nuestro. Sería cuestión de ver cómo enlazamos sentencias como la suya con evidencias no menos atendibles. Pues, ciertamente, recibimos casi a diario nuevas señales de que a las jerarquías de hoy (pero sobre todo a las de un futuro más o menos mediato) les será cada vez más difícil quedar establecidas a partir de los clásicos patrones de dominación, los del valiente y atemorizador macho alfa, sino mediante la competencia, que no sólo es razonable, también es justa, y que además tampoco es nueva. Frans de Waal, muy connotado investigador holandés especializado en psicología, primatología y etología, ha demostrado que los chimpancés más exitosos son los que mejor se las ingenian para guiar a sus congéneres manteniéndoles al margen de la violencia. También los que mejor interactúan y más se reproducen, incluso por su predominio en materia sexual, son aquellos que tratan bien a sus hembras, con mayor dulzura y condescendencia. Entonces, me pregunto yo, ¿dónde, de qué modo, en qué momento de la historia quedó roto ese benefactor traspaso de experiencias entre el mono y el hombre? ¿Qué salvajes eventualidades dispusieron la supremacía del dominio bruto sobre la competencia inteligente? Que me lo diga quien crea saberlo. Mientras, seguiré apostando por el miedo en tanto factor beneficioso para la evolución de la raza humana. Me refiero al miedo como chispa de racionalidad o estímulo de la conciencia, que nada tiene que ver con la cobardía de espíritu.

Aunque sé que estoy nadando contra la corriente, con salvedades o sin ellas. No me importa. En el peor de los casos pierdo el tiempo al hacerlo. Es la ventaja de los que no tenemos nada más que perder. En tanto emanación (gustosa o no) de una cultura que pone al guapo macho machote por delante de toda empresa destinada al éxito, puedo mostrarme cuando menos majadera. Lo admito. La bravuconada como divisa de una sicología de la dominación simplona y cada vez más ridícula, por extemporánea, no sólo impera en nuestra isla subdesarrollada, sino en las más diversas regiones, incluida una buena parte de lo que llamamos el primer mundo, donde hasta las enriquecedoras normas de la competencia son desvirtuadas por los que más empujan en detrimento de los que avanzan.

Se trata de un asunto ante el que no puedo abstenerme de reinterpretar algo que leí en El arte de la fuga, el delicioso libro de Sergio Pitol. Es en rigor la cita de una cita. Pitol cita al filósofo italiano Norberto Bobbio, y yo cito a Pitol. Según ellos, no tiene sentido a estas alturas que las personas civilizadas entablen relaciones con sus semejantes guiadas únicamente por el afán de superarlas o de vencerlas. Resulta en verdad ajena a la idea de progreso esa incontrolable tendencia (dicen que natural) a la rivalidad permanente entre seres humanos, y al deseo (digo yo que enfermizo) de salir siempre victorioso frente a los demás. A las personas civilizadas –coinciden Bobbio y Pitol– les gustaría vivir en un mundo donde no existieran vencedores ni vencidos, donde no se viera con buenos ojos la lucha por la primacía en el poder y en las riquezas, y donde, por la misma razón, no existiesen condiciones que permitan dividir a la gente en dos bandos hostiles, vencedores y vencidos. Es lo dicho por la voz de la sabiduría. Así que a mí no me queda mucho por añadir. Tal vez algo del refranero. Como eso de que entre el dicho y el hecho va un gran trecho. Ya que la violencia de los machos machotes podría guardar algún tipo de conexión con ese impulso sexual que conduce a los animales a conquistar sus territorios (con las hembras del género incluidas) a golpe de garra y colmillo, haciendo gala de la crueldad humana como fuente ¿natural? de dominio. Ello explica quizá por qué aquellas personas que más evolucionan a partir del concepto de civilización suelen ser también las que peor encajan en este mundo presuntamente civilizado.

Y ya que así es como van las cosas en el mundo real, ¿qué esperar entonces de nuestra virtual aldea macondiana? Un pintoresco toque de singularidad en el caso de mis coterráneos quizá sea que en aquella isla la ley del más guapo fue reinstaurada por la dictadura fidelista en forma de escalera. Y la ubicación de cada peldaño ha sido dispuesta rigurosamente por el poder político, que es allí súmmum de todos los poderes. Entonces no hay lugar para la competencia. Digo, si nos atenemos a su real concepto como incentivo para la superación y motor para el desarrollo. Los vástagos Centimanos del castrismo no necesitan avanzar ni un paso. Es que ni siquiera les conviene. Lo suyo es empujar para mantenerse en el peldaño asignado. Empujar a los de abajo, por supuesto. Mientras más violentamente, mejor. Con sus múltiples brazos y sus diminutas cabecitas, como los hijos de Urano, autócrata del cielo olímpico, quien los negó después de concebirlos, han nacido sólo para ser aborrecidos. Desde el primer peldaño hasta el copo de la escalera. Desde los carcamales que se caen en pedazos hasta las últimas hornadas, ante cuya degeneración una no sabe ya si vomitar o retorcerse de vergüenza ajena.

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Breve fragmento de la novela Los timbales de Dios, de José Hugo Fernández

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