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‘Cuba ha dado mucha importancia al tema del hambre’

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Lo que aparece en el título lo expresó a los medios internacionales, y lo recoge en su edición del 31-5-15 el diario cubano Granma —como toda la prensa de la Isla, en la nómina del gobierno—, Theodor Friedrich, representante de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Cuba.

Uno podría pensar que el señor Friedrich quiso decir, y tendría razón, que desde “un tiempo muy temprano” la dictadura que asola la Isla, sin querer, diríamos, sumió al país en las penurias, en la escasez de alimentos, en una alimentación deficiente, unilineal, que además de problemas de salud provocaba hastío: porque comer, como dicen, no es solo un trámite.

Bueno, pero vamos a picar más bajito. Solo comer, lo imprescindible para seguir en vertical, fue la gran batalla de la década de 1960, 1970 y parte de la de l980. Más tiempo en buscar alimentos, donde fuera, en los rincones más intrincados y a precios kafkianos, fue el objetivo de los cubanos de a pie (es decir, de quienes no se hallaban en la cúpula castrista)  por aquellas épocas.

Recordemos que se estableció el trueque entre citadinos y campesinos: un abrigo viejo por cinco libras de arroz, una fosforera por un racimo de plátanos, un par de zapatos de uso por una arroba de malanga, un corte de tela (casi siempre robado, sustraído de una tienda)  por media arroba de frijoles negros. A trueque limpio, allá, en los campos lejanos, dando piernas como un indio; y como los indios y conquistadores, trocando.

Entonces es cierto lo que dice el señor Theodor Friedrich: “Desde un tiempo muy temprano Cuba ha dado mucha importancia al tema del hambre”; o sea, para implantarla.

“Y todos recordamos el discurso del Comandante en Jefe, Fidel Castro, en la Cumbre Mundial de la Alimentación”, nos recuerda Friedrich en la nota citada. Esta cumbre fue en 1996.

Lo primero que me resulta sospechoso: según el trato protocolar, ¿está bien que un miembro de un organismo internacional, neutral por tanto, se refiera a un Comandante en Jefe? Lo veo raro.

Lo segundo, suerte la suya, señor Friedrich, que solo se ha tenido que echar, al parecer, un solo discurso prometedor del Papagayo de Birán. Si usted supiera cuántos cientos debimos escuchar nosotros con el mismo tema: promesas, luego incumplidas.

Según la información del Granma, el señor Friedrich,  “sobre el caso de Cuba, apuntó sus fortalezas, entre ellas: programas sociales, sólidos conocimientos, distribución de productos normados y el interés del Gobierno”.

El mismo lenguaje repleto de eufemismos. Expresa, entre otros, “productos normados”; o sea la Libreta de Racionamiento, que entrega recursos, lo sabe todo el mundo, para ocho días como máximo. ¿Y los días restantes del mes?, podrá preguntarse usted señor Friedrich. Pues robar, contrabandear, birlar, biznear, “resolver”, compañero Friedrich.

¿Tendrá que jugar la ONU, también a la realpolitik? Porque de ser así, ya no hay nada que hacer.

“Los problemas generados por el periodo especial no impidieron que el país antillano se volcara al cumplimiento de ese objetivo. Y el punto a reforzar ahora es la producción agrícola que desembocará en la disminución de importaciones, incitó”, dice la nota.

No dice el camarada Friedrich —quizás ni lo sepa— que el “Período Especial” —que nadie ha dicho que haya terminado— ha resultado la época de mayor miseria, en todos los órdenes, que ha padecido la población cubana. Si no, que busque estadísticas, testimonios, anécdotas, y compare.

Ante estos casos, es inexorable que nos surjan miles de preguntas para el compañero Friedrich, puesto que él nunca, claro, ha vivido bajo lo que, con el cinismo que lo caracteriza, Fidel Castro definiera como  “Período Especial”.

¿Habrá él sufrido, ante una mesa vacía, o casi, con solo seis papas hervidas, ese momento en que la hija pequeña declara: “tengo hambre, papá, quiero más”?  Y no hay más.

¿Habrá tenido el señor Friedrich que sufrir, sin otra opción, ese momento de ver cómo su hija, púber aún, se vende a un italiano, un mexicano, un canadiense que corta el césped en los jardines ajenos, por cuatro dólares, pues de lo contrario la familia no tendría qué comer?

Naturalmente, estamos seguros: el señor Friedrich no debió tomar, en aquella década de 1993, esas pastillas que repartía la dictadura para intentar paliar el hambre, aunque aun así no pocas personas perdieran parte de la visión, y enfrentaran otros padecimientos, debido al mal comer; es decir, el hambre.

Son únicamente tres ejemplos.

Bueno, yo no sé si estas falacias, estas mendicidades las perdona Dios, o quizás el papa Francisco, o alguien de talla parecida; porque uno supone que sin dudas son cosas del Diablo metidas en la sangre de tanta gente.

¿Será?

¿O los diablos son ellos mismos?

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