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Cuba: la cultura en manos del poder

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La revolución cubana supo ganarse, desde un principio, el apoyo de la mayoría de los intelectuales de todo el mundo, precisamente haciéndose eco de sus reclamos de convertir al Estado en un benefactor de la cultura.

Los escritores y artistas se sintieron amparados por un gobierno que aparentemente los representaba al otorgarle un papel protagónico en el naciente proceso político. Para ello creó todo un entramado, a partir de un Ministerio de Cultura que abarcaba organizaciones como la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la Brigada y Asociación Hermanos Saíz para jóvenes escritores y artistas, la Casa de las Américas, para escritores del continente, Casas de la Cultura a nivel municipal, Casas del Joven Creador a nivel provincial, talleres literarios, editoriales, revistas, concursos, etc. Pero todo este patrocinio estatal tenía un precio: la revolución le otorgaba poder a los intelectuales para que fueran portavoces y apologistas de un régimen y su ideología, no creadores que se debían a su propia cosmovisión. Y ya sabemos cómo, desde un principio, se aplastó todo viso de independencia creativa, todo aquello que se apartaba de la línea oficial o simplemente resultaba políticamente sospechoso.

La cultura en Cuba, al estar supeditada al poder estatal, también creó una estética impuesta desde el poder, así como una elite aupada por el poder. Toda esta burocracia cultural, en función de los intereses del Estado, fue permeando y moldeando la mentalidad de los nuevos creadores que se integraron a sus organizaciones, ya fuera la Brigada o Asociación Hermanos Saíz, la UNEAC, los talleres literarios, etc. Creó una mentalidad de la colectivización creativa –o despersonalización–, pues los creadores se regían por parámetros creados por dicha burocracia y, por lo tanto, debían acatarlos para poder dar a conocer sus obras y –aún más– recibir reconocimiento. Como consecuencia, surgió también una crítica de arte y literatura que tenía que ceñirse a dichos parámetros, a las reglas del juego impuestas por el Estado.

Todo cambio en la cultura oficial cubana, incluso el aparentemente favorable a los creadores, ha llevado siempre el sello directriz del Estado.

Fragmentos del texto ‘Cuba: la cultura en manos del poder estatal’

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