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Los intelectuales y el exilio

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Reinaldo Arenas libros

 

Ningún gobierno, en toda la historia de la República de Cuba, ha hecho más por impulsar la cultura que el régimen castrista. Pero ninguno, tampoco, ha hecho más por reprimirla.

La república que desapareció en 1959 ignoraba el hecho cultural. Los gobiernos no se preocupaban por publicar un libro de Cintio Vitier, pero tampoco les preocupaba lo que Cintio Vitier pudiera decir en sus libros. Fue la atmósfera revolucionaria la que le dio estatura nacional a Heberto Padilla –independientemente de su indudable talento–, pero también fue la atmósfera revolucionaria la que lo encarceló y lo obligó, más tarde, a una bochornosa ceremonia de autohumillación.

¿Cómo extrañarnos que Eliseo Diego mirara hacia atrás sin ira y recordara los apacibles días en que el grupo «Orígenes», sin subsidio pero sin amo, se reunía en torno al misterioso magisterio de Lezama a comentar una «página» de Juan Ramón, salpicada de impertinentes jotas? ¿Era mejor La Habana que despreciaba cuanto ignoraba a La Habana que vigila cuanto sospecha? La respuesta es obvia: de aquella Habana nadie tenía que irse. En aquella Habana inculta y despreciativa hizo Labrador Ruiz su obra innovadora. En aquella Habana escribieron Novas Calvo, Montenegro y Lidia Cabrera sus cuentos magistrales. Esa Habana no fue generosa con Brull, con Lobería, con José Antonio Ramos, con Mañach o con Varona, pero ni les exigió una particular devoción política ni los persiguió por las ideas expresadas en sus obras.

La revolución cubana ha provocado el éxodo en masa de su intelligentsia. En Puerto Rico, solo, lleno de fervor patriótico, escribió Leví Marrero la mejor historia social y económica que han conocido los cubanos. Una obra monumental que debió hacerse en la Biblioteca Nacional de Cuba y con el agradecido auxilio del país, y no en un rincón nostálgico y herido de la emigración. Es en París, y en francés, donde Eduardo Manet ha llevado el teatro cubano a su más alta expresión. En Cuba no pudo. De Cuba, hace unos años, «de los ojos fuertemente llorando», tuvo que irse. Como tuvieron que irse Reinaldo Arenas o Pío Serrano. El castrismo, que nada entiende, supone que el universo se divide en gente que los apoya y en gente que los condena; en cubanos que se van y en cubanos que se quedan. El castrismo no entiende que los intelectuales que desertan, que escapan por todos los medios, lo hagan con el más profundo dolor, y que no huyen, claro, de la incomodidad material, sino de la presencia ubicua de la policía. Se huye de la necesidad y de la represión, no de la pobreza, porque se ha llegado a la conclusión dolorosa de que es mejor el desgarramiento del exilio a la tragedia del que no se ha ido, como Fernández Retamar, pero que ha querido irse y le han faltado fuerzas para tomar la decisión.

Ahora, como en 1880, la cultura cubana vuelve a germinar en la emigración. Este triste fenómeno es ya un hecho internacionalmente reconocido. La gran literatura, la ciencia, el pensamiento, la música, el cine, el teatro de los cubanos, radica en el extranjero. El talento –todavía mucho– que queda en Cuba no puede crecer. No lo dejan. Ese es, hoy, el panorama de la cultura cubana. Triste cosa.

[blockquote style=»2″]Una primera versión de este artículo apareció en “De la literatura considerada como una forma de urticaria” (1980).

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