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Del envilecimiento a la revolución interior

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A veces nos asombramos –y hablo en plural porque este asombro incluye a muchos exiliados cubanos— de la capacidad de cierta intelectualidad para ignorar olímpicamente el horror. A ratos nos asquean estos “culturosos” que viajan de un país a otro exhibiendo sus obritas, vendiendo sus espectáculos, anunciándose como conferencistas oficiales, mientras en Cuba chantajean y encarcelan rutinariamente, y la población carece de los más elementales derechos.

Se deduce que constituyen la clase pensante, el segmento creativo. Suponemos sensibilidad en la mayoría de ellos. ¿Qué les pasa entonces? ¿Cómo pueden arrastrarse bajo la bota de sus esclavistas y/o apuntalar indirectamente la criminalidad institucionalizada?

Suponemos que la desvergüenza constituye un mal de la era castrista. Que el totalitarismo ha envilecido a los cubanos. Pero les tengo una mala noticia –y lo de noticia es relativo, en realidad estoy “descubriendo” el café con leche–: el envilecimiento viene de lejos, y hasta puede que evaluemos seguir llamándolo “envilecimiento” tras comprobar cuán de lejos.  Ya en la República los envilecidos cubanos movían las posaderas en Tropicana mientras los cuerpos de los ejecutados amanecían en las calles, y hasta en la Colonia, mientras Weyler reconcentraba, se divertían de lo lindo. Siempre a la alta cultura cubana –si así puede llamársele–, lo mismo que a la masa enardecida –por la cerveza y el tres–, le ha importado un pito los asesinados, los torturados, los excluidos, los «acaballados». Lo sabía Batista, a quien miles de cubanos se reunían a vitorear en las calles pocos meses antes de que triunfara el castrismo. Y lo saben Raúl y Fidel.

Pero cuando uno lee que incluso los civilizados franceses seguían gozando a todo tren el París de la ocupación hitleriana mientras delataban a sus compatriotas judíos, o que ahora mismo un Donald Trump exalta a un Sadam Hussein y un Barack Obama se sienta a conversar con un Raúl Castro, comprende que el envilecimiento no es mal exclusivo de la cultura cubana. Hay algo profundamente miserable en la naturaleza humana, algo oscuramente animal que no hemos conseguido extirpar con la evolución. Por eso cabe insistir en que sólo una revolución interior puede trastocar el orden envilecido que nos marca a fuego lento, y que en los días que corren potencian las nuevas tecnologías, la democratización de la imagen pública. Un tsunami de fortalecimiento interior globalizado e insondable, mas por ahora utópico.

4 COMENTARIOS

  1. Me hubiera gustado enormemente escribir este artículo. Cuánta verdad encuentro en lo que dice Añel! El problema de todo esto está en la naturaleza humana; en ese bajo fondo, siniestro, que esconden muchos intelectuales. Porque hay que tener las tripas enredadas en el corazón para seguir dentro de la Isla con sus obritas, salir al exterior, dar sus conferencias, y como que en Cuba no pasa nada.Realmente es una vileza de lesa historia… Gracias a mi Ilustre amigo por este artículo.

  2. Solo una breve acotación, mi querido Armando. No hay nada «oscuramente animal» en esos comportamientos. La miseria espiritual y el encanallamiento son patrimonio exclusivo de la humanidad

  3. gracias queridos amigos! Sus palabras siempre son estimulantes.
    —————-
    La miseria es Patrimonio de la humanidad, sin duda, como La Habana Vieja….

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