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Del lobo ni un pelo

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Me erizo y no llego al piso al ver cómo aumenta el número de países en que las elecciones presidenciales se han convertido en una especie de ruleta rusa, donde la gente no encuentra más opción que disparar a ciegas contra sí misma, tratando de elegir, no al mejor, que ya no aparece en las candidaturas, sino al que consideran menos malo entre los peores.

El asunto trae muy ocupados a los politólogos, filósofos, académicos y otras hierbas aromáticas, muchos de los cuales están diagnosticando este fenómeno como señal de crisis irreversible para el sistema democrático. Allá ellos, que son los que saben. A mí realmente me cuesta imaginar un mundo civilizado donde la democracia no continúe ejerciendo su determinante rol como sustentadora del progreso económico y sociocultural, y como contención de los enfermizos humos de paladines y líderes absolutos.

Creo que al sistema democrático le falta mucho para llegar a un punto en el que sólo le quede por delante la caída irreversible. Incluso dudo que llegue alguna vez a ese punto. Su mayor mérito radica justo en la posibilidad perenne –y aun en su necesidad- de ser mejorado.

Ello no impide que la nueva epidemia en cuestión me haga sentir a veces el deseo de hacer mías aquellas inefables palabras de Mafalda: Paren el mundo, que me quiero bajar.

Lo paradójico es que en esta movida no son los políticos los culpables directos. Ni los mecanismos de elección establecidos por las normas democráticas. A no ser que éstas resulten manipuladas. Cuando la gente vota por un candidato, no porque le simpatice en particular (es frecuente que ni siquiera conozca a fondo su manera de pensar o su programa político), sino por sus ampulosos alardes, por su incorrección política, por su talante procaz, o por castigar a la persona o al partido que ocupaba antes el poder, está actuando guiada por ese instinto primario que aconseja no tropezar dos veces con la misma piedra, pero sin detenerse a evaluar hasta qué punto la otra piedra no será la misma.

Gracias a esa ¿nueva? propensión de los humanos a ponerse ellos mismos la soga al cuello, ya los estados democráticos no tienen que caer por golpes militares, ni por las acciones de guerrilleros terroristas, o bajo la influencia de dogmas religiosos, entre otras calamidades.

Caen o se tambalean sencillamente cuando algún pícaro demagogo le hace creer a la gente (a través de las redes sociales, aunque no únicamente) que las reglas del sistema democrático no son justas y que en lugar de mejorarlas, hay que ignorarlas y echarlas abajo, para lo cual la disputa electoral debe convertirse en campo de batalla, donde el contendiente político representa al enemigo, traidor a la patria, y donde la única manera de derrotarlo dependerá de que le concedan a él (al demagogo) el poder sin miramientos.

Fidel Castro, por no llover sobre mojado con Hitler o con Stalin, ya lo había hecho antes, aunque con menos suerte, pues a pesar de que logró mangar a millones de ingenuos, su picaresca de narcisismo tercermundista fue asumida siempre como una horrenda y aun ridícula anomalía política, al menos por parte de lo más avanzado del mundo democrático. Lo jodido es que esta regresión a las cavernas tenga lugar hoy ante las narices de esa misma avanzada. Y sin que a los politólogos, filósofos, académicos y otras hierbas aromáticas, se les ocurra algo mejor que vislumbrar el fin del sistema democrático.

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