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Dialogar, un arte y una virtud

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Muchas veces es el hábito de seguir el impulso de nuestras pasiones el que impide una buena comunicación. Yo blasfemaba todo el día, muchas veces a viva voz y otras entre dientes, pero blasfemaba de todos y de todas las situaciones diarias. Cuando me lo explicaron, cuando viví algunas experiencias, aprendí y superé esa etapa de mi mala educación cívica y espiritual.

Cuando alguien blasfema está enfermo. Está enfermo y no lo sabe. Por eso quienes blasfeman todo el tiempo, ofendiendo, gritando, amenazando, asesinando en el secreto espacio de su mente y su corazón, merecen nuestra más profunda compasión y nuestra misericordia.

Hace algunos años atrás, cuando empezaron a llegar las citaciones para esas entrevistas con agentes del Ministerio del Interior cubano, sentí una sorpresa enorme y esa sorpresa fue creciendo y creciendo hasta que se convirtió en un sentimiento de pena profunda por mis interrogadores y su trabajo. Recuerdo bien a algunos de ellos, sus vueltas retóricas con las preguntas, las amenazas solapadas, los intentos de crear dudas. Recuerdo en especial al que siempre nos dijo que se llamaba Omar. Su rostro mal afeitado, el cuello de la camisa sucio, sus uñas mal terminadas y ese sentimiento de vacío en sus ojos, los intentos de aparentar firmeza apoyando las manos sobre la mesa detrás de la cual era un personaje lleno de miserias y derrotas.

Un día llegó y todos en el edificio estábamos cargando agua. Ayudándonos, cooperando. Le dije «o cargas agua o esperas», y recuerdo las risas y las preguntas. Mis vecinos –que aunque nadie lo cree ya no tienen miedo de nada y están decididos a vivir mejor, aunque no tomen muchas veces las decisiones correctas– lo miraban y lo miraban, hasta que él decidió irse y yo les conté después lo que acababa de suceder.

Debemos de aprender a tener compasión. Solo así podremos llevar ante la justicia de las leyes humanas a cada asesino, a cada colaborador, a cada traidor de la nación humana de cubanos. La compasión nos brinda fuerza, nos brinda la fe necesaria para comprender y ayudar al enfermo, al equivocado, al que está en malos pasos y no puede darse cuenta por sí mismo. La compasión crea empatía y nos abre la puerta del alma y el amor universal.

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