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El berro mata

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Hipócrates fue un entusiasta del berro. Cuentan que allá por el año 400 antes de Cristo, creó el primer hospital junto a un riachuelo para asegurar que los enfermos tuvieran berro tierno al alcance de sus manos. Él creía que el berro es curativo porque limpia la sangre. Yo creo que el berro mata. Aunque estoy pensando en otro berro, el que padecemos los cubanos. Un berro que no ha crecido junto a los riachuelos, ni contiene quince vitaminas esenciales, sino que es consecuencia de una larga dictadura política impuesta por sujetos perennemente berreados y potenciadores de nuestra propensión al berro. 

Al contrario de ese vegetal fresco cuyo nombre usurpó, el berro de los cubanos es sumamente tórrido y corrosivo. Una conquista de la revolución. Incorporada a nuestra idiosincrasia, como tantísimas otras lacras, por el fidelismo y sus lecciones de intolerancia dogmática y de odio y descalificación a todo lo opuesto, diferente, alternativo.   

La roña, el insulto, la implacable revancha, el dictamen sin juicio previo y sin derecho a réplica, son constantes por las que hoy damos cauce a la permanente vocación de berreados. Es un atajo para el laberinto de nuestras conciencias de humillados sin desquite.

Alguna vez creí (y estoy seguro de no ser el único) que al vivir fuera de la Isla, habiendo dejado atrás esa inagotable fuente de malestar e indignaciones que es el fidelismo, conseguiríamos curarnos, por natural proceso, de la epidemia del berro. Ilusión vana. De no existir otras vías para confirmar el chasco, basta con un sencillo clic de acceso a las redes sociales: un muestrario, revelador donde los haya, de cubanos berreados.

Los hay de todas las tendencias políticas o religiosas o artísticas o existenciales. Y de todos los gustos, o al menos de todos los dudosos. Hay incluso los que se esfuerzan por hacer creer (o hacer creer que creen) que ya son personas serenas y dadas al desenfado. Pero basta que alguien haga o diga algo que les contraríe, para que el berro los desborde.

Evidentemente, cambiar de lugar de residencia y de atmósfera política no nos alcanzó para cambiar la manera de encauzar nuestras pasiones. Michel de Montaigne nos lo había advertido desde hace cuatro siglos: “Ya he roto mis cadenas, dirás: como el perro rompe el lazo a fuerza de tirones, pero en su huida arrastra un buen trozo de cadena al cuello”.

Igual que Hipócrates creyó en los poderes curativos del berro, Montaigne apostaría por la serenidad de espíritu y por el recogimiento dentro de nosotros mismos en tanto principios para conquistar la libertad. Y de eso se trata. Berreados no podremos ser libres.

Así como el berro de Hipócrates limpia la sangre, el nuestro la envenena. Por eso mata. No sólo nos puede matar de un infarto, lo cual, según creo yo, resultaría el menos sufrible de sus efectos. Peor es que nos mate la alegría, el sosiego, el sentido del humor, la sensibilidad. Y peor que peor es que nos convierta en censores, o sea, que nos mate el arranque humano de ser justos y solidarios. Porque el gesto punitivo de acallar al otro diciéndole: “si no te gusta lo que a mí me gusta, te vas de aquí”, eso tiene su origen en el berro, que conduce inevitablemente a la censura, toda vez que no nos permite poner en duda nuestras opiniones. Cuando estamos berreados, no existe otra verdad más que la nuestra.

Pobre de nosotros, los berreados, que no acabamos de arrancarnos del cuello aquel trozo de cadena.

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