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El burro y la flauta

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Hace algo más de veinte años, José Luis Cortés, El Tosco, me contaba en La Habana que por haber cometido una indisciplina, lo bajaron del avión en que se disponía a viajar rumbo a Europa del Este para estudiar en un conservatorio de la llamada música culta. Creo que era en el Tchaikovsky, de Moscú, pero no recuerdo este dato con exactitud. Lo que sí recuerdo es que El Tosco me confesó entonces que aquella indisciplina suya lo había salvado de ser un “aburrido” músico de concierto, a la vez que le abría el camino para convertirse en el afamado director de orquesta de música popular cubana que hoy conocemos.

Recuerdo igualmente que durante aquella entrevista El Tosco me contó las enormes vicisitudes que debió enfrentar para su formación en la escuela de arte de La Habana, pues, en su época de estudiante, allí no se impartía la música popular cubana como materia, y aún más, a los alumnos se les prohibía terminantemente su práctica. Al punto que el propio Tosco, entre otros muchos (que no me dejarán mentir si son honrados) tenían que formar agrupaciones musicales clandestinas y realizar sus ensayos a escondidas.

No fue sino una vez graduado como concertista “clásico”, que El Tosco pudo tocar y componer la música popular de su país. Y aun así a medias, ya que el arribo a su adultez como músico coincidió en el tiempo con aquel triste período en que casi todos los salones y enclaves para bailadores estuvieron largamente cerrados en Cuba por decreto dictatorial.

Tales detalles me han rechinado en la memoria al leer las más recientes declaraciones públicas de El Tosco, en las que afirma que escuelas de arte como aquella donde a él no le permitían estudiar el invaluable tesoro de nuestra música nacional, están entre las mejores del mundo. También me dejó muy confundido al establecer en sus declaraciones una tan rocambolesca diferencia entre el arte y la rumba. “Es bueno recordar que aquí el arte era una carrera elitista y yo soy un negrito que nació en el Cundao, ahí lo que había era rumba, bembé…”. Si un rumbero descalifica a la rumba como arte y elogia una escuela cubana de música donde prohíben nuestra música popular, famosa en el mundo, debe ser porque tiene mala memoria, o porque no sabe ni dónde está parado, por más que alguna vez consiguiera tocar bien la flauta, igual que el burro de la fábula.