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El ciclón de los improperios en Facebook y Twitter

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La culpa no es de las redes sociales. En justicia, tales medios son inocentes de casi todo lo malo que ahora les achacamos. Ni la banalidad extrema, ni el mal gusto como moda que arrasa, ni el fanatismo político o religioso, ni la violencia verbal (o escrita), ni la intolerancia o la imposición de criterios por parte de los más contra los menos, ninguna de estas afecciones nacieron con las redes sociales.

Son excrecencias del alma humana que arrastramos tal vez desde el principio mismo de nuestra aparición sobre la tierra. En todo caso, lo único que han hecho las redes es servil de plataforma para que la exteriorización de esas pestes -que antes se ventilaban en espacios mucho más reducidos- alcance hoy proporciones de pandemia mundial, dando la impresión (falsa) de que la humanidad se encuentra en estado de total podredumbre, cuando en realidad no hacemos sino mostrar lo poco que hemos madurado espiritual y mentalmente desde la época de los cromañones, hace 40 mil años, por no ir más lejos.

Nada es veneno y todo lo es: la diferencia está en la dosis. Así nos los advirtió Paracelso, y de eso también se trata en este caso. La imposición de ideas, ligada con la anulación de las ideas del otro, constituye un buen ejemplo. De rezagos muy antiguos, cuyo ejercicio hallaba sus límites dentro del hogar o de la familia o de la iglesia del pueblo, han pasado a ser el pan de cada día en medios internacionales como Facebook y Twitter, lo que es decir convertidas en prácticas que hoy permean la comunicación entre la mayoría de los seres humanos.

A cada momento tropezamos en las redes sociales con los exabruptos de personas que ofenden a otras, sin conocerlas siquiera, sólo porque no coinciden con sus enfoques o porque no comparten sus simpatías o antipatías. La descalificación y la amenaza marcan pautas. Las más chapuceras expresiones de intolerancia se riegan como pólvora. Tal vez un tanto más visibles en los foros con participación de cubanos, aunque no somos excepción.

Tales personas se comportan como niños zafios, que muy posiblemente fueron educados bajo la imposición del miedo como única forma de respeto. De modo que no aprendieron a respetarse a sí mismas, lo cual les impide respetar a los demás.

Sin embargo, para nadie debiera ser noticia a estas alturas el desprestigio de la verdad absoluta. Ni el hecho de que existen por lo menos tres verdades: nuestra verdad particular, la verdad del otro y la verdad. Pero ninguna de las tres resulta autosuficiente. Se complementan entre sí, por principio dialéctico. Por más que la diferencia y la diversidad como base del enriquecimiento humano no sea invento de un filósofo trasnochado, sino que responde a códigos que contemplaron todos los fenómenos, desde los moleculares hasta los cósmicos. Digamos que es ley de la naturaleza, o de Dios, según el gusto de cada cual.

Justo porque existen tales leyes, es que nos animamos a esperar que este ciclón de los improperios que hoy azota a las redes sociales termine yéndose con buen viento y pase página, como tantas otras malas cosas que ya nadie recuerda.

Ejemplos tan edificantes como el que ahora mismo nos brindan los venezolanos, unidos en mayoría solidaria y pacífica contra el crimen y la injusticia, a pesar de sus múltiples diferencias personales y de grupos -que sin duda las tienen-, confirman el rigor de las referidas leyes, y nos recuerdan de paso que no todo está perdido, como diría Fito Páez en su vieja y hermosa canción.

Por cierto, las redes sociales están resultando imprescindibles como propagadoras de la epopeya que tiene lugar en Venezuela. Una de cal y otra de arena, ¿no?

1 COMENTARIO

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