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El juego de la gallinita ciega

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Lástima que no podamos reír y bostezar a la vez. El sargento político Roberto Fernández Retamar, luego de medio siglo de esforzada labor inquisitorial, se ha convertido en defensor de la libertad de expresión, al menos por un día, o por unos pocos minutos, llevando de escudero a Silvio Rodríguez, chantre del coro dictatorial. Y todo por tirarle la toalla a un cofrade en desgracia.

“Es increíble lo que le han hecho. Hay que dirigirse a quien sea para que se rectifique la monstruosa medida”, expresó Retamar a través del blog de Silvio, Segunda cita. Así que cualquier trasnochado (aún hay muchos en Cuba y en el exterior) podría pensar que hablaba con retraso sobre el crimen de aquellos tres jóvenes negros cuyo fusilamiento él suscribió; o de los cientos de escritores y periodistas cubanos que ante su vista y con su silencio aprobatorio, han sufrido censura, persecución, tortura y cárcel, o fueron arrojados al destierro en condena vitalicia.

Nada de eso. Se refería al uruguayo Fernando Ravsberg, un pancista, decorador de los oprobios y las barrabasadas del fidelismo, que se pasó treinta años mintiéndole al mundo sobre la realidad de Cuba bajo el cobijo de periodista extranjero oficialmente acreditado en La Habana.

Silvio, por su lado, apuntó en el blog: “Parece que al fin los Cazabrujas de Dores se sienten lo suficientemente fuertes y desatados; tanto, que parecen capaces de hacer lo que no hicieron Fidel ni Raúl… Si esto se concreta, si se le retira la credencial de prensa en Cuba y empujan a Ravsberg a emigrar con su familia de 30 años, puede significar un parteaguas en esta Revolución que tanto hemos amado, defendido y construido”. Así que parteaguas y Cazabrujas de Dores. Es lo que digo: lástima que no sea posible reír y bostezar, o vomitar, al mismo tiempo.

Ya se conoce, porque ha sido suficientemente divulgado, que el régimen cubano amagó con retirarle la credencial de prensa a Ravsberg, de lo que podría derivarse, además, la pérdida de su residencia temporal en la Isla. Lo más probable es que al final ninguna de las dos cosas ocurra. Y tanto Retamar como Silvio deben saberlo de antemano, pues, según todo indica, se trata de una práctica habitual y ya muy vieja (nada de parteaguas) en el modus operandi de la Seguridad del Estado, la cual, de la misma forma que colma de privilegios y blinda con ventajosa impunidad a los cómplices y amanuenses del régimen, les mantiene bajo amenaza continua e incluso suele castigarles con ensañamiento cuando intentan salirse de la línea trazada.

En los últimos tiempos, Ravsberg ha publicado en su blog, Cartas desde Cuba, algunos comentarios con ese tipo de factura de la que ahora se vale la izquierda bistec habanera para abordar “críticamente” ciertos temas, siempre que no impliquen el menor cuestionamiento a la política del régimen ni a sus pejes gordos. Es una treta (ridícula para los que están informados, pero eficaz ante los ingenuos) que persigue crear la falsa idea de que en la Isla renace la liberad de expresión.

Una de las tácticas más corrientes de tales embaucadores -muy socorrida por Ravsberg- es tomar un problema administrativo, o un error de funcionarios de segunda o quinta fila, y abordarlos con el mínimo de credibilidad que concede su real existencia, pero sin ahondar en las verdaderas causas, que siempre conducen a las bases del sistema. Así están quedando bien con Dios y con el diablo, lo que les propicia “salvar el socialismo” sin arriesgarse a perder sus privilegios.

Es sabido que dentro del monte oscuro que ahora mismo atraviesa la política del régimen, confluyen por igual los “reformistas” y los súper ortodoxos. Y claro que estos últimos no están dispuestos a ceder ni un tantico así ante las “debilidades” de los otros. Se mantienen con la guardia en alto, prestos a impedir que los otros pierdan el control ante los cantos de sirena de la democracia liberal. Es su jerga. Y justo a partir de ese tejemaneje podría hallarse una fácil explicación para lo que sucede con Ravsberg. También es fácil suponer que la sangre no llegará al río.

Todo es un juego de niños-viejos. El juego de la gallinita ciega: cazador con los ojos vendados corre detrás de las potenciales presas, pero le es difícil capturarlas al bulto, sin distinguir dónde están.