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El mal es debilidad, el bien es fuerza

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Buda alcanzó un estado superior de conciencia que le permitió entender la debilidad humana y trascenderla.

No existen el mal y el bien, sino la debilidad y la fuerza. Por supuesto, cuando escribo «mal» y «bien» me refiero a ellos en estado puro –en tal estado no existen–, precisamente por eso me subo al carro de quienes afirman que la maldad, tanto como la bondad, casi nunca se expresan permanentemente sino a través de intermitencias, intercalándose e incluso, en algunos casos, mezclándose la una con la otra. De ahí que afirme que el mal y el bien no existen independientemente, o en estado primario, sino que constituyen extensiones de un determinado estado de debilidad o de fuerza.

Claro está, cuando hablo de debilidad no me refiero a debilidad física, muscular o mental, sino a debilidad de espíritu. Igualmente, cuando hablo de fuerza me refiero a una conciencia poderosa, en paz consigo misma –segura de sí misma–, estable en su fluir. Así, todo acto de maldad tiene raíz en la debilidad del Ser, en un estado inferior de conciencia que se rebela, acomplejado, contra sí mismo, y se daña intentando dañar.

De esta manera, emociones o estados mentales como la envidia, el rencor, el victimismo, el miedo, la inseguridad, etc., que su vez generan malas acciones, o actos de rebelión contra la vida, son consecuencia de un estado inferior de conciencia, esto es, de una conciencia débil, acomplejada, en guerra consigo misma.

En cualquier caso, algo parece incontestable y espero no suene pesimista: La humanidad mayormente es débil. Los débiles (los inseguros, los acomplejados, los vanidosos, los gregarios) son mucho más numerosos que los fuertes (los seguros de sí, los liberados, los naturales, los independientes). Por tanto, en este clima inferior de conciencia la maldad tiende a predominar y solo es parcialmente contenida a través de la religión y las normas de conducta en sociedad. «Parcialmente contenida», es decir, insuficientemente combatida. Para resultar vencida, o suficientemente contenida, la maldad debiera ser combatida en sus orígenes, con una fuerte educación ética y sicológica que genere seguridad en la libertad. Dicha educación, lamentablemente, solo opera marginalmente, o simplemente no opera, en este mundo.

Así que para que predomine el bien resulta imprescindible fortalecer la conciencia humana. Habría dicho Pérez Galdós que el mal «no tiene significación alguna para un alma fuerte, aplomada y segura de sí misma». Cabría agregar que no tiene significación y tampoco espacio. Solo las almas atormentadas, débiles, inseguras, buscan refugio en la maldad. A un espíritu poderoso siempre le asquea hacer daño.

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Armando Añel
Armando Añel (La Habana, 1966). Ghost Writer, fue periodista independiente en Cuba. En 1999 recibió el Primer Premio de Ensayo de la fundación alemana Friedrich Naumann. Ha sido columnista de periódicos como Tiempos del Mundo, Libertad Digital y Diario las Américas, y editor de revistas como Perfiles, Encuentro de la Cultura Cubana, Islas y, actualmente, Herencia Cultural Cubana. Ha publicado las novelas "Apocalipsis: La resurrección" y "Erótica", la compilación de relatos "Cuentos de camino", los poemarios "Juegos de rol" y "La pausa que refresca" y las biografías "Instituto Edison: Escuela de vida" y "Jerónimo Esteve Abril, apuntes y testimonios", entre otros. Vive en Miami.

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