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El secreto del Club Bilderberg

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Que si el Club Bilderberg esto, que si el Club Bilderberg lo otro. Solo falta que Hillary Clinton y Donald Trump hayan pactado la victoria de la exsecretaria de Estado en el vaporoso cuarto de baño de una alcoba del Club Bilderberg. Pero en realidad el Club es un club como otro cualquiera. O no. Es más que un club: constituye ya una mitología.

¿Qué quiere decir esto? Que desde que el mundo es mundo virtual las teorías conspirativas asaltan la memoria gustativa de la Sociedad del Disparate, tentándola a justificar su condición. Al género entre fantástico y disparatado de la conspiración mediática pertenece el Club Bilderberg, una de las elucubraciones favoritas de los comunicadores sociales del nuevo milenio, que en nuestro planeta cibernético son legión.

Conspira contra la ciudadanía mundial, dicen. Pero al Club Bilderberg no se acude a conspirar contra nada, mucho menos a tomar decisiones de alcance geoestratégico o financiero, sino a socializar e intercambiar favores. Donald Rumsfeld se aburre mortalmente y Henry Kissinger saliva por pontificar entre “iguales” sobre el supuesto calentamiento global. David Rockefeller quiere conocer a la señora de Bill Gates. Y así sucesivamente. No es que no tengan nada importante que decidir estos señores, es que no tendrían que andarse con tanto mediático misterio para hacerlo. La idea de que en una reunión anual se aprietan las palancas que mueven al mundo es tan ingenua como una casa de muñecas.

Un dato que aporta mucho a la teoría que expongo en esta nota, y que no es precisamente nueva: el club tuvo su primera reunión en 1954 en el hotel Bilderberg (de ahí su nombre) gracias a la mediación del príncipe Bernardo de Holanda, el exministro belga Paul Van Zeeland y el consejero político polaco Joseph Retinger, gente sin poderes efectivos que parece que se aburría muchísimo y daba un ojo de la cara por regresar, o ingresar, a los planos estelares de la sociopolítica internacional. Por codearse con la crema y nata de las clases vivas predominantes. El propósito oficial, declarado, de aquella primera reunión –faltara más–, fue establecer una línea política común entre Estados Unidos y Europa en oposición a Rusia y al comunismo.

Han pasado más de 60 años y la impresionable raza humana sigue rondando el «secreto» del dichoso Club Bilderberg. “El club tiene un alcance mayor de lo imaginado en la política, las finanzas y la comunicación”, titula cierto periódico, y esta es la regla comunicacional en los grandes medios. Que luego ponen el grito en el cielo ante el avance de las redes sociales en el marco alucinante de la Sociedad del Disparate.

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