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El sudor

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En infinidad de ocasiones los españoles me preguntan si echo de menos a Cuba; si la extraño, como se dice en cubano. Y bueno, siempre me ponen en un aprieto, pues tras 24 años fuera de la Isola sin volver, la sensación no es de extrañamiento sino la de un desterrado que solo rumia de vez en cuando determinadas sensaciones que quedaron muy atrás y que, debido a una estancia tan prolongada en una ciudad de clima continental, se han borrado de mi memoria. Una de ellas es el sudor. Sí, el sudor, dicho así no más. O sea, esas gotitas de líquido transparente que segregan las glándulas sudoríparas de la piel de los mamíferos y que se expulsan a través de los poros.

Ya sabemos que en Cuba se suda copiosamente, incluso debajo de la ducha o auxiliado normalmente por el cubito y la latica. Allí se suda a mares debido a un porciento de humedad relativa cercano siempre al 100%. Sin embargo aquí, en Madrid, pese a hacer en verano un calor insoportable, cercano muchas veces a los 40º, como todo clima de tierra-dentro es muy seco; extra-seco diría yo. La sensación que provoca es la de estar en una atmósfera vaciada de oxigeno, lo cual genera muchísima sed pero sin sudar ni una gota, al menos en mi caso.

Así que hace 24 años que vivo privado de esa sensación, y no es que yo constituya un extraño caso de masoquismo cuyo rasgo más palpable sea la sudor-filia, no. Empero, si tenemos en cuenta que el sudor es producido generalmente como un medio de refrigeración corporal, el cual recibe el nombre de transpiración, y que entre las sustancias que nos abandonan con el sudor están los cloruros, la urea –la sustancia que le da el nombre a la orina–, el amoníaco, así como proteínas, azúcares, potasio, bicarbonato y también restos de metales como zinc, cobre, hierro, níquel, cadmio, plomo y hasta un poquito de manganeso, pues podrá tenerse claro de que tras 24 años de madrileñismo (que no madridismo) estoy pidiendo a gritos una profunda y sacudidora cura de sudor para eliminar toxinas.

Pero bueno, en medio de todo por fin he conseguido racionalizar una respuesta a la pregunta de si echo de menos al Caribe insular. Quizás para algunos resulte banal, pero me resulta muy tranquilizador haber podido detectar al menos la carencia de una sensación corporal que como exiliado de más de veinte años en España siento y padezco. Por lo demás, pues que vengan otros 24 años más, que sin sudor o con él, como dice la copla, «de Madrid al cielo» y olé.

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