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España y el capitalismo

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Siempre se habla de la acentuada aversión al libre mercado, al afán de lucro y a la racionalidad instrumental del capitalismo en general predominantes en España, considerado el país más anticapitalista de Europa. En esta aversión concurren varios factores.

La llamada Escuela Escolástica de Salamanca, la cual floreció entre los siglos XVI y XVII, representó una clarinada que colocaba a España entre los pueblos dotados con una mayor cantidad de ideólogos capaces de establecer las primeras teorías económicas modernas para afrontar los nuevos problemas propios de una economía que, con el influjo de los descubrimientos y la colonización, aumentaba su acumulación de capital y se aprestaba gradualmente para dar el salto hacia la modernidad.

Los monjes integrantes de la Escuela de Salamanca coincidieron en que la propiedad privada tenía el efecto beneficioso de estimular la actividad económica, y con ello el bienestar general. Diego de Covarrubias (1512-1577) consideraba que los propietarios tenían no sólo derecho de propiedad sobre el bien sino que, también, lo que es ya un rasgo moderno, derecho exclusivo a los beneficios que pudieran derivarse del bien. La teoría del valor predominante hasta aquel momento era una teoría medieval del coste de producción como precio justo. El franciscano Luis de Alcalá, así como los dominicos Covarrubias y Luis de Molina, desarrollaron una teoría subjetiva del valor y del precio que consideraba que, puesto que la utilidad de un bien varía de persona a persona, su precio justo será aquel que se alcance de mutuo acuerdo en una transacción libre (sin monopolio, engaños o la intervención del gobierno). Expresándolo en términos actuales, los integrantes de aquella escuela defendieron el libre mercado, donde el precio justo venía dado por la oferta y la demanda.

Sin embargo, tal escuela de pensamiento económico no gozó de predicamento alguno desde finales del siglo XVII, y muchas de sus aportaciones se ocultaron, prevaleciendo finalmente la visión de las órdenes mendicantes, las cuales, desde el siglo XIII, insistían en la pobreza y la hermandad de los hombres como valores a seguir, deplorando la acumulación de riquezas como causa de la frustración de tal principio. Las órdenes mendicantes consideraban la posesión de bienes y la propiedad privada como, al menos, moralmente objetables. De tal modo, predominó en la conciencia colectiva española el repudio al afán de enriquecimiento, importante factor subjetivo que retardó considerablemente la conformación de un mercado nacional, con lo que supone éste para la articulación del modelo capitalista.

La llamada revolución «gloriosa» de 1868, fue una brusca sacudida contra el Ancien Regime y el magnífico poder del clero, y puede considerarse el primer intento de establecer un régimen político liberal-democrático, primero en forma de monarquía parlamentaria y después en forma de república. Sin embargo, ambas fórmulas acabaron fracasando, así hasta llegar a la victoria del régimen de Francisco Franco sobre las huestes bolcheviques, tras una muy cruenta guerra civil que devino el acontecimiento de mayor impacto de la historia española contemporánea.

Tanto la ideología colectivista implantada ferozmente por los republicanos, como luego el corporativismo fascista de Franco, en el cual el Estado también desempeñaba el papel central, fortalecieron la obstinada aversión a la burguesía, al liberalismo e incluso al social-liberalismo de centro tanto entre los intelectuales en general como entre las masas trabajadoras. Todo lo cual llega hasta nuestros días.

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