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Estados Unidos y las revoluciones cubanas

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Contrasta el cómo nuestros ancestros recibieron las respectivas campañas periodísticas de los grandes medios americanos ante la primera y la última revolución cubana.

En enero de 1869, cuando estos medios reportaron de modo muy parcial los sucesos sangrientos del 22 al 25 de ese mes, en que los voluntarios la emprendieron a tiros contra los habaneros, pero sin informar también de los precedentes y frecuentes atentados a aquellos de parte de elementos pagados por la Junta Revolucionaria de La Habana (a tiros y puñaladas), nuestros ancestros se descubren a gusto con esa parcialidad anti española. La cual será en general la tónica de dichos medios durante las dos grandes revoluciones independentistas.

En enero de 1959, por el contrario, la generalidad de los cubanos, incluidos muchos de los que para 1961 se habrán pasado al anticastrismo furibundo, reacciona chauvinistamente ante la recepción crítica que los grandes medios americanos hacen de los juicios sumarísimos en que se juzga a los batistianos, sin respetar las más elementales reglas del debido proceso (recordemos, por ejemplo, cuando Fidel Castro obligó a juzgar por segunda vez a los pilotos de la FAE[i]).

En el primer caso, la perspectiva parcial de unos medios que aportaron no pocos de los relatos e interpretaciones aún vigentes en el discurso nacionalista de nuestra historia[ii] es de la complacencia general del cubano revolucionario, que más que no chistar ante las frecuentes exageraciones de los mismos hará todo lo posible por cooperar en su aumento. En el segundo, esa perspectiva parcial lo será para su disgusto, ya que ahora no habrá de hallar a bien la “intervención en nuestros asuntos internos” de unos medios que tan vitales con su intervención habían sido sesenta años antes para que hubiese entonces, como ahora, los tales asuntos (algo está fuera de dudas: sin la inevitable Intervención y la campaña de los jingoes otra hubiera sido la historia cubana; también la española).

Ese movimiento pendular, de extremo a extremo, se explica en que las revoluciones cubanas, absolutamente todas, han tenido su motivo central en el deseo de acercarnos o de alejarnos de los EE.UU. De replantearnos nuestra relación con ese Coloso a la vista de nuestras costas septentrionales, tan vital para nuestra subsistencia como nación moderna. Ya que para vivir como los taínos ciertamente nunca habríamos necesitado de los americanos. Mas por suerte, o por desgracia, es imposible regresar al tiempo de los aborígenes a estas alturas; sobre todo en el mismísimo corazón de Occidente, posición hacia la que hemos estado avanzando inexorablemente desde la segunda década del siglo XVI.

Tanto los movimientos abiertamente anexionistas de los 1840 y 1850, como las revoluciones de 1868 y 1895, todos están impulsados por la necesidad de acercarnos a los EE.UU.

El temor de los intereses que viven de la trata o la esclavitud en Cuba a que España, bajo presión inglesa o de los sectores progresistas ibéricos, imponga la emancipación de los esclavos sobre los que se asienta la riqueza de la Isla (en Cuba la inversión productiva fundamental ha sido en negros, no en máquinas), llevan a nuestros ancestros blancos a buscar anexarse al vecino en el que la esclavitud parece ser una institución asegurada por los poderosos intereses de los estados sudistas. Los cuales son quienes en un final controlan la política en Washington.

Es este el motivo profundo de los movimientos de 1840 y 1850.

Las revoluciones, por su parte, se explican, además de por la inercia o tradición anexionista generada por los movimientos de las décadas precedentes, por poderosas razones económicas. En la Revolución del 68 por el interés de los azucareros cubanos de que alguien les amortice por los esclavos a los que finalmente deberán emancipar. Es en esencia la lucha por lo mucho que deja la Aduana Cubana lo que realmente enfrenta al Madrid revolucionario con los prohombres cubanos que se levantan en armas o se van al Exilio entre 1868 y 1869. Sobre todo porque es en base a su futuro control sobre ella que los cubanos[iii] planean conseguir se les adelante los caudales con que se les amortizará por sus negros en un estado independiente, o mejor aún, anexado a la Unión Americana; mientras para los septembrinos Cuba, y sobre todo su aduana, solo es un bien a hipotecar para obtener los recursos necesarios para sacar a la nación ibérica de la profunda crisis que vive desde 1867.

En general ambas revoluciones se explican en la comprensión por los intereses ligados a la industria azucarera, alrededor de 1860, de que en un mundo en que cada vez mayor número de los principales consumidores de azúcar subvencionan su producción nacional, en base a la remolacha, a Cuba más temprano que tarde solo le habrá de quedar como comprador de su azúcar los EE.UU. Vecino que, no obstante, tampoco es un consumidor absolutamente seguro. Por él deberá también lucharse en contra de los intereses de los productores internos. Sobre todo a través de concesiones que el estado español, más comprometido con las periferias ibéricas que con sus dominios ultramarinos, no está dispuesto a conceder. Y es que de hecho la política ultramarina española será hasta 1898 la de utilizar a las colonias como un pastel abierto a la codicia de las periferias catalana o vasca, como un medio de contener las tendencias centrífugas de estas; por lo que dejar el pastel cubano en manos de los salchicheros del Norte no podía estar ni de lejos en sus planes para la isla.

En este sentido el carácter inicial de la Revolución del 68 es más que evidentemente anexionista. No olvidar que Céspedes se deja a sí mismo en las manos de un partidario tan tenaz de la Anexión como lo fue hasta su último suspiro el injustamente olvidado Morales Lemus, y envía, de su puño y letra, para pedirla, una tras otra carta a altos funcionarios o legisladores americanos. Correspondencia que ni tan siquiera suspenderá tras el desaire de Ulysses Grant a la multitudinaria misiva en que la mayoría de los cubanos alzados del Camagüey y Oriente le piden los anexe a la Unión.

Por su parte, el mismo carácter pro-americano se evidencia en la revolución del 95. Sobre todo en el que los cubanos del Oriente no se hayan alzado entonces por las diatribas de ese hombrecito nervioso y locuaz, José Martí, desconocido en Cuba para la absoluta mayoría, sino por la imposibilidad de conseguir mantener los estándares de consumo que implicaba la ruptura del tácito acuerdo comercial de reciprocidad entre España y EE.UU de 1990. El cual acuerdo había permitido que la producción azucarera dejara el estancamiento de los 1880, y saltara hasta el más de un millón de toneladas de azúcar producidas en la zafra 1893-1894… además de que también gracias a dicho arreglo el costo de muchos productos de la canasta básica, como la harina de trigo y el arroz, habían experimentado en la Isla una espectacular caída de precios, que ahora se vería revertida.

La realidad, cruda pero incuestionable si es que usted no se ha insensibilizado a sí mismo al repetirse a gritos los temas del nacionalismo ramplón cubano[iv], es que la Guerra de los Treinta Años por nuestra independencia fue una contienda por asegurarle un mercado, el único que nos quedaba, al producto del que habíamos aprendido a vivir desde un siglo antes; y fue inspirada, en un principio, por el deseo de los amplísimos intereses azucareros de que Cuba recuperara lo invertido en la compra de negros. Todo lo cual se encarrilaba firmemente en el camino hacia el Norte gracias a la inercia o tradición anexionista que nos venía desde los 1840-1850.

Pero una vez eliminada la carga que significaba mantenerse subordinados políticamente a España, con la que manteníamos una relación económica cada vez más distante y en todo caso artificial y desfavorable, con la llegada del nuevo siglo americano, Cuba entonces habría de descubrirse como ya lo habían vaticinado Saco, los autonomistas y todos los partidarios de la Hispanidad en Latinoamérica: completamente sola en lo político frente a los EE.UU., su metrópoli económica ya desde los 1880.

Ocurre entonces que después de que nuestros hombres políticos han hecho lo imposible para que el estado español aceptará la necesidad de hacerle concesiones al único mercado para nuestra azúcar que aún no ha sido copado por el de remolacha, al de repente encontrarse con la maquinaria estatal en sus manos, descubren entonces la otra cara del asunto: la humillación que significaban aquellas concesiones para cualquier élite política que se pretendiera nacionalista. Las cuales era lícito pedir a voz en cuello cuando se era la oposición eterna al estado (español), pero ya no cuando se es de hecho parte de ese mismo estado (cubano).

Así, el tratado de reciprocidad comercial entre la Isla y el vecino del Norte, que era para 1890 universalmente aprobado y deseado por los cubanos y españoles residentes en la Isla, del que observemos que Martí nunca opina ni mal, ni bien, se convierte en motivo de suspicacia primero y de rechazo después para un sector importante, creciente, de la clase política cubana. De hecho su crítica habrá de convertirse en uno de los dos temas centrales del nacionalismo cubano post-independencia.

Sin embargo la reacción antiamericana consecuente no es súbita. Durante la República ocurre un proceso semejante al de la Colonia. Antes de las revoluciones las algaradas chambeloneras: las de 1906, 1912 y 1916, en las que lo que se persigue no es todavía alejarse de aquellos a los que tantos trabajos y sacrificios nos había costado acercarnos en el diecinueve, sino usar en provecho propio, en las disputas internas, de la subordinación política a que de manera inevitable ha llevado la completa subordinación económica para un país demasiado pequeño, que ya no es parte de un estado mediano, como el español (y por lo tanto con cierta capacidad de resistencia). O sea, dado que se da por sentada e irremediable la influencia-intromisión americana en nuestros asuntos, cada bando lo que intenta es “obligar” a los americanos a intervenir a su favor en los conflictos internos, o sea, sacarle provecho a lo inexcusable.

Algo que debemos reconocer no era nuevo, porque en buena medida lo que se había hecho durante la Guerra de los Treinta Años había sido precisamente eso: Intentar obligar a los americanos a intervenir en el conflicto entre Cuba y España. A favor nuestro, claro está. Solo que entonces se trataba de un interés general, de aquellos que se reconocían a sí mismos cubanos, y ahora solo lo era de una de las partes en que solían dividirse nuestros tatarabuelos tras la salida de España.

Pero el movimiento chambelonero dura muy poco. A partir de 1923, y de la interferencia humillante del general americano Enoch Crowder en la administración cubana, arriba a la política en Cuba una nueva generación que no ha participado en el increíble esfuerzo del diecinueve por acercarse a EE.UU., y a la que por tanto tampoco la embarazan ninguno de los escrúpulos en intentar la separación que paralizan a sus mayores. Pero por sobre todo, ese giro generacional, tras el crack cubano de 1920, se debe a que resulta cada día más evidente que se ha alcanzado el tope de las posibilidades del azúcar para Cuba, que hay necesariamente que buscar nuevas formas de asegurar la subsistencia de una población en crecimiento tanto en número como en el nivel de sus necesidades materiales y espirituales. Nuevos productos, pero también nuevos mercados; porque al encontrarlos necesariamente habrá de alterarse la asimétrica relación de Cuba con los EE.UU., basada en acuerdos comerciales que establecen el intercambio de azúcar sin refinar por casi todo lo demás.

Así, un creciente sector nacionalista que solo tiene la vivencia de los resultados negativos del acercamiento, pero no de lo que costó, que también comprende que la vieja relación entre Cuba y los EE.UU. ya no da más, le impone a la Nación el que a partir del 9 de septiembre de 1933 la disyuntiva política fundamental en este país no sea otra que aquella que se da entre quienes desean poner distancia de los americanos, y quienes se asustan ante esa intención tan cruda: entre nacionalistas revolucionarios y nacionalistas conservadores. Porque anexionistas, lo que se puede calificar de tales, no quedaban en Cuba después de la histórica desilusión de la que da cuenta José Ignacio Rodríguez en su libro Ideas… solo habrán de resurgir como uno de los principales legados de la Revolución de 1959.

Las revoluciones de 1930 y 1959 buscan poner coto a la ingente interferencia americana en nuestra vida, a la americanización cubana. Pero ello se demuestra un asunto en extremo complejo por el grado de dependencia económica que la Isla había alcanzado con respecto a los EE.UU., y porque desde un inicio mucho de lo artificial en la cubanidad, adoptado premeditadamente para distinguirnos de lo español, había sido simplemente tomado de lo americano; y por demás muchos de estos aspectos habían alcanzado un grado de penetración tal en la cultura nuestra que los hacían imposibles de extirpar (una buena muestra es que tras 60 años del intento revolucionario muchos de esos valores americanos vuelven hoy día con fuerza creciente).

Mal que les pesara a los nacionalistas, Cuba se había americanizado.

La razón de este fenómeno era muy simple: Gústenos o no, la verdad es que el nacional-separatismo cubano del diecinueve para lo único que en un final había servido era para sacar a Cuba de entre los últimos restos de un ya decadente orden mundial, el del Concilio de Trento, e incrustarla de a lleno en el mismo corazón del sistema hegemónico capitalista mundial de 1900. Para sacarla definitivamente del mundo de los Tercios ibéricos y encajarla en el nuevo siglo americano.

La Revolución de 1959, anti-americana en lo profundo de su ser, bajo el impulso por sobre todo del Che Guevara, intentó remediar ese resultado final. Pero no al tratar de obtener una mejor posición para Cuba en el sistema mundo al que estaba plenamente integrada como parte de su periferia; algo que había sido la estrategia de los auténticos en la década de los cuarenta. La solución guevariana, verdaderamente revolucionaria por primera vez[v], fue la de desafiar ese sistema mundial y tratar de crear uno absolutamente nuevo.

Los revolucionarios de 1959 aceptan que una nación como la cubana, por lo escaso de su población y recursos, por una tradición productiva que la mantenía atada a un único producto semielaborado… no puede vivir plenamente independiente de la superpotencia global que se encuentra nada menos que a la vista de sus costas septentrionales… a menos que equilibré a su favor la desproporción de poder que mantiene con los EE.UU., o que se los haga desaparecer como tal poder hegemónico. Para ello en un primer momento los revolucionarios de 1959 buscan integrar a Cuba en un futuro super-estado latinoamericano. Un super-estado que tratan de crear mediante la exportación de su revolución guerrillera al resto del sub-continente.

Esta es sin dudas la etapa realmente revolucionaria de la Revolución de 1959, aquella en que pretende desafiar a los grandes imperios globales. En que se propone destruir el sistema capitalista mundial y aun imponer sus ideas propias al sistema global alternativo que ha surgido al final de la I Guerra Mundial en la URSS. El ideólogo de este intento es el Che Guevara, algo así como la eminencia gris tras el más basto Fidel Castro.

Más la idea de crear una super-potencia suramericana, que no es nueva y la revolución del 59 adopta de Bolívar vía Martí, no tarda en demostrarse irrealizable[vi]. El punto de giro comienza con la muerte del Che Guevara en Bolivia, y se cierra de manera definitiva en agosto de 1968 cuando Fidel Castro avala el derecho de un Imperio Global, el soviético, a intervenir en uno de sus satélites periféricos, Checoslovaquia. Es entonces que la Revolución de 1959 termina, al ya no poder justificarse en su interés por subvertir el orden mundial, sino solo en el de una élite política que luchará con uñas y dientes por conservar los privilegios anejos al poder (no es que este interés no existiera antes de 1968, es que hasta entonces no es lo determinante).

El régimen post-revolucionario, ya sin la influencia del Che Guevara, que es quien con su ascendiente sobre Fidel Castro lo había mantenido en el camino revolucionario consecuente, decide actuar a lo cubano, y vivir de sacarle lascas al efímero momento. La solución al asunto por lo tanto será la típica para cualquier cubanito de esos que dejan pasar las horas de su vida sin dispararle un hollejo a un chino y recostados a cualquier esquina: Ya que no se puede vivir sin, ni con los americanos, pues vivamos de ellos.

A partir de ese momento Cuba se venderá como el eterno bastión anti-americano por antonomasia. Pero ya no por un sincero interés de provocar el colapso del sistema mundial imperialista centrado en el eje Washington-Moscú, sino para justificar ante la población de la Isla el mantenimiento en el poder de la élite política que ha dejado tras de sí la Revolución fenecida en agosto de 1968. Pero sobre todo para obtener las ayudas imprescindibles a un régimen antieconómico por su esencia anti-cotidianista, de parte de todo aquel país, movimiento, o interés económico a quien le convenga ocuparse de sufragar los gastos de un bastión de resistencia antiamericano a menos de 90 millas de aquella nación, en un territorio que los americanos siempre han tendido a considerar como propio.

Cuba, que no ha conseguido separarse en realidad de los EE.UU., vive como antes de su relación con ellos. Pero por primera vez lo hace no al copiar mecanismos importados (revoluciones, nacionalismos, anexionismos, diplomacia…), sino según la solución de propia el tipo cubano más estimado por la idiosincrasia nacional: esa cosa inconsistente e inconsecuente, el bicho.

[i] FAE: Fuerza Aérea del Ejército Constitucional.

[ii] Se olvida o más bien oculta, pero la verdad es que no pocos de los temas y mitos de la historiografía nacionalista cubana son creaciones, muchas veces apócrifas, de los medios jingoístas norteamericanos.

[iii] Aquí podríamos haber escrito “las élites cubanas”, pero como por entonces los únicos cubanos propiamente dichos eran esas élites, hemos preferido escribir “los cubanos”, para evitar la redundancia.

[iv] Llamo aquí nacionalismo ramplón a esa corriente cultural cubana retrograda, en una nación inquieta y mutable por definición, que se plantea entre otros disparates el poner a bailar danzón a las nuevas generaciones. La cubanidad es como el río de Heráclito: Ya nunca podremos volver a aquel momento cultural que añoramos de nuestro pasado… Cuba, como la célebre novela de Cervantes es algo que se nos impone por sí misma, algo que siempre está un paso por delante de nosotros.

[v] Nótese que aquí no exaltamos lo revolucionario, solo señalamos cuando ese revolucionarismo es más consecuente con sus principios.

[vi] Por el contrario si era realizable, no digo que realista, la idea guevariana de provocar el colapso del sistema mundial capitalista mediante la promoción de un nuevo Vietnam en Suramérica: No habría salido de ahí una Nuestra América, pero de seguro si hubiera puesto en serios aprietos la hegemonía americana en el mundo, y desencajado, de modo quizás irremediable, el sistema mundial nacido a fines del siglo XV en las riberas de Mar Adriático. Incluido el sistema alternativo moscovita…

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