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Exilio de la mujer de Antonio

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Lo estuve oyendo una vez más en Youtube, a propósito de un delicioso artículo de Nicolás Águila sobre la música en relación con el trigémino. Un son más viejo que andar a pie en versión del clásico trío Matamoros:

“La vecinita de enfrente / buenamente se ha fijado / cómo camina la gente / cuando sale del mercado…”.

La pieza, que hacía bastante tiempo no escuchaba, insinúa una de las causas de la consolidación del totalitarismo en Cuba. Y probablemente una de las fundamentales. Porque si se le mira desde un ángulo desalmidonado, objetivo, el castrismo es melcocha más vigilancia más murmuración. “La mujer de Antonio camina así”.

El castrismo institucionaliza en Cuba, otorgándole coartada, alguna respetabilidad –al menos en principio– y cierto sentido histórico, la razón social de acechar al vecino, de “meterse en la vida de los demás”, tan raigal como la canción de Matamoros. Sus practicantes son conocidos como “breteros” o “chismosos”. En Cuba bretero es aquel que habla por detrás del otro o recrea maliciosamente historias acerca de los otros, pero también el que se complace “dándole seguimiento” al otro. La vecinita de enfrente “buenamente” se ha fijado. Una costumbre más extendida, y socialmente consentida, de lo que pudiera creerse.

De manera que con el advenimiento castrista y su consecuencia, la institucionalización de un totalitarismo radicalmente promiscuo, el bretero adquiere categoría histórica. Deja de entornar persianas para salir airosamente a la luz pública, para gritar a los cuatro vientos su “aquí estoy yo” manipulador. El bretero machista pero comadre, socialista y/o “sociolista”. Ese que “se va de lengua” en el cuerpo a cuerpo del “tira-que-encoje”.

En cualquier caso, el régimen totalitario vigente en Cuba manipula, consciente de ello o no, una seña de identidad sociológica que difícilmente hubiera encontrado eco político bajo un gobierno democrático. En definitiva, canaliza institucionalmente una tradición que termina sirviendo a sus intereses. Con lo que cabe la pregunta: si sabemos que el castrismo no es el padre del brete, del chisme, tan arraigados en la cultura cubana, ¿entonces es el hijo?

Todo esto ya lo sabía el trío Matamoros.

Como que la cederista de Castro no es más que la vecinita de enfrente, la mujer de Antonio se exilia en Miami. Ciudad donde, a pesar del impetuoso avance del hombre nuevo, el bretero languidece a la vera de eventos y contextos tan liberadores como la propiedad privada, el Estado de Derecho, la individualización del transporte público, el aire acondicionado.

Mas siempre la pupila insomne del cederista se reinventa. La vecinita de enfrente nos arrincona en Facebook.

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