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Cuba, 20 de mayo y anexionismo

1958
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Estoy convencido (porque he necesitado y he querido convencerme) de que en el fondo el anexionismo es un refugio desesperado pero indeseable, como toda forma de suicidio. Porque se trata de un suicidio, por no decir de un matricidio. Que en el caso de Cuba el matricidio se quiera producir, paradójicamente, por amor, no quita espanto a la falsa salida, a la más absurda de las «salidas del callejón» de las humillaciones.

Pienso que la idea del anexionismo nunca solicitado por el presunto anexionista (Estados Unidos), nació y sigue naciendo, por un lado, de una concepción trivial del tiempo histórico.  De lo que es el tiempo en la Historia quiero decir. Por el otro, nació y nace de excesiva admiración por los resultados positivos de la Independencia norteamericana, y de excesivo desdén o condena de los resultados negativos de la Independencia cubana. En el primer caso no se tiene en cuenta los defectos, y en el segundo son desconocidas o negadas las virtudes.

La visión unilateral a la que lleva siempre el sufrimiento no advierte jamás el carácter provisional, efímero dentro del tiempo histórico, que tiene todo sufrimiento. Cincuenta, cien años, son demasiada carga para el individuo, pero no son más que una brizna, una hebra en el tejido de un cuerpo histórico, de una perennidad, como es la Nación. Nación: el lugar específico del planeta en el que desarrollaron su existencia los antepasados inmediatos, y donde seguirán desarrollando su  existir hasta el más lejano de nuestros descendientes.

Nación es continuidad de cultura, de caracteres específicos en la naturaleza y en los humanos que la habitan. El carácter de nación es absolutamente  innegable para Cuba. Las imperfecciones que muestre a lo largo de esa existencia son, todas, remediables, rectificables, susceptibles  de enmienda, de perfeccionamiento. Porque la historia de la humanidad, de la cultura, es muestra de un proceso  de perfeccionamiento, lento pero constante, indetenible.

El otro aspecto de la cuestión del anexionismo, que me parece  demasiado olvidado por los anexionistas, es el hecho contundente e irrefutable de que los norteamericanos no nos quieren anexar, no nos han querido nunca ni nunca nos querrán como Estado de la Unión. Lo más triste de todo esto  es que se habla de anexionarnos a alguien que no quiere anexionarnos, que no necesita anexionarnos. Ya estamos anexionados por la geografía, por el comercio (pregúntenle a Castro  lo que cuesta no comerciar con ellos), por el desarrollo de la convivencia internacional.

Ni aun borrándonos servilmente como autoesclavizados ante un amo; ni aun suicidándonos en masa por la renuncia y destrucción de lo que somos, gústenos o no, dejaremos de ser un pueblo, una nación, una historia. Y una muy gloriosa historia.

Una versión más amplia de este artículo apareció en 1991. Cortesía de El blog de Montaner

1 COMENTARIO

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