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Jiribilla

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Así es como termina el mundo, no con una explosión sino con un lamento.
T. S. Eliot

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta mañana al levantarme
He encontrado, felizmente, bajo mi cama
Una bomba atómica.
Un objeto brilloso y tierno
Que desde sus reflejos de luz y metal
Parecía saludarme
Con una mirada mansa como una pluma.

Yo la estaba esperando, esa bomba mía
Hacía ya mucho tiempo
Con paciencia angustiosa
Porque no llegaba…
Y me sentía apabullado
Por la indolencia general…

Y era que a mi vecino del segundo piso
Le había llegado la suya hacía meses.
Aunque mucho más pequeña
Pero sólida y cristalina.
También, a la vieja de la quincalla
Dos cuadras arriba le habían enviado la suya;
Una preciosa bomba con pelo crespo
Y un collar de perlas.

Y yo sabía que por toda la ciudad
Seguían llegando bombas a diario:
El bodeguero recibió una de color azul añil,
Y a la maestra de mi hijo
Le mandaron la suya con talco de arroz en la cara
Y carmín en los labios.

La gente elogiaba sus bombas asombrosas
Porque eran un regalo ineludible
Para el progreso humano…
Y mientras las bombas continuaban arribando día y noche
Por correo, paquetes expreso,
Y hasta atadas a palomas mensajeras
Más alegres se tornaban los vecindarios,
Más alborotados jugaban los niños…

Las bombas se habían convertido
En seres con cuerpo y alma:
Unas venían vestidas con batilongos de amas de casa.
Otras parecían putanas jóvenes oliendo a perfume barato,
Inclusive, a un joven lisiado
Al otro lado de la ciudad le había llegado
El último modelo de la bomba bailarina;
Ésa daba vueltas y vueltas como un trompo
Por toda la casa.

La ciudad entera festejaba.
La muchedumbre no cabía en sus cuerpos.
La realidad se había pertrechado
Bajo techos y azoteas:

Al fin, la naturaleza había, una vez más
Desempolvado sus tantos absolutos
Para colocar en las manos
De la gente simple
El futuro de la humanidad.