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José Martí, Estados Unidos y la ingratitud cubana

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Se cumple un aniversario más del nacimiento de José Martí, poeta y apóstol de la independencia de Cuba, considerado por la historiografía oficial y la cultura popular el más grande de todos los cubanos. Y cómo olvidar lo que escribió poco antes de partir a morir, en carta emocionada a Manuel Mercado. Aquello de “impedir a tiempo, con la independencia de Cuba, que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Cómo olvidarlo, ciertamente, porque finalmente Estados Unidos nunca cayó como una fuerza más. Los que nos dejamos caer fuertemente por acá fuimos nosotros, los cubanos. En cualquier caso, en líneas generales, hay que reconocer que Washington nunca ha querido –porque por supuesto, si hubiese querido hubiera podido— desarbolar el castrismo. ¿Por qué?

No se trata de entrar en disquisiciones geoestratégicas o teorías conspirativas para responder a esta pregunta. Tampoco éste pretende ser un ensayo de fondo sobre el tema sino, más bien, una nota a propósito de lo que podríamos llamar “la razón sentimental” que explicaría dicho retraimiento, partiendo de la célebre carta a Manuel Mercado. Una nota al margen centrada no ya en lo que suele citarse como “la razón oficial” estadounidense –el temor a un éxodo tras un estallido social en Cuba y el consiguiente derrumbe del régimen, o a la posterior formación de un narcoestado a solo noventa millas de sus costas–, sino en el sentimiento que la impulsaría, inconscientemente quizá.

En pocas palabras: Estados Unidos no ha liberado a Cuba porque ya lo hizo una vez y, en lugar de agradecérselo, los cubanos convirtieron a la mayor de las Antillas en el faro del antiamericanismo continental, si no mundial. Como quería Martí. ¿Qué sentido tiene librar a la mujer de la paliza que le propina su marido si ésta poco después, en “pago generoso”, nos denuncia a la policía? Los “americanos” son prácticos y, claro está, como cualquier hijo de vecino le huyen a la gente problemática y malagradecida. Nada más desestimulante que una cultura ingrata y acomplejada.

Supuestamente, según el autor de los zapaticos de rosa, había que impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extendieran por las Antillas los Estados Unidos y cayeran, “con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Pero dígase lo que se diga, cuando en 1898 Estados Unidos intervino en la guerra hispano-cubana libró a los independentistas, a todos los cubanos, de un desangramiento interminable. De hecho, ya habían solicitado su presencia, por activa o por pasiva, numerosas figuras históricas –esas a las que el nacionalismo insular suele llamar patriotas o fundadores de la nación–, desde el mismísimo “Padre de la Patria”, Carlos Manuel de Céspedes, pasando por Ignacio Agramonte, hasta el generalísimo Máximo Gómez (omito decenas de nombres ilustres para no perdernos en enumeraciones caóticas), circunstancia que la historiografía oficial cubana esconde ladinamente.

Pero no solo intervino Estados Unidos, sino que además puso a funcionar a un país devastado por la guerra. Construyó escuelas y carreteras, distribuyó becas, erradicó enfermedades (el Plan de Saneamiento de la Isla), otorgó rebajas arancelarias a los productos cubanos, montó el sistema de drenaje y alcantarillado, garantizó la paz… En “agradecimiento”, Cuba desarrolló a continuación una de las culturas más antiamericanas del continente (más “antiimperialistas”, dirían sus sostenedores), cuyo colofón, la llamada “revolución cubana”, se define a sí misma en oposición al vecino del norte. Muchos de nuestros compatriotas, en una suerte de éxtasis de ingratitud, solo se acuerdan del episodio de la intervención estadounidense para culpar a los americanos de haberle querido robar a Finlay el descubrimiento del mosquito que provocaba la fiebre amarilla.

Basta con verlo aquí mismo, en Miami, donde cada vez más cubanos despotrican contra Estados Unidos, el generoso país que los acoge. “Que ponga el muerto otro”, pensarán –o más probablemente: sentirán— los americanos. Sobre todo porque ya pusieron el muerto una vez y han comprobado por sí mismos cómo caímos, como una fuerza más, sobre todo lo que este gran país significa.

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