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La aniquilación de los Amautas

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Cuenta la historia (pero Vargas Llosa lo cuenta mejor) sobre el patético destino de los Amautas: intelectuales y artistas del antiguo Perú. Cuando el Inca moría, no sólo estaban obligadas a morir con él sus mujeres y concubinas. También los Amautas. Este soberano los había escogido para que convirtiesen la ficción en realidad, es decir, para que cambiaran el relato de todo cuanto había ocurrido durante los reinados anteriores, de modo que la memoria oficial quedase adaptada en absoluto a los intereses del nuevo poder.

Es un anticipo de lo que varios siglos más tarde escribiría Orwell sobre el totalitarismo, que controla el pasado para controlar el futuro y controla el presente controlando el pasado.

También las leyes del Impero incaico anticiparon (aunque no superaron) la impiedad de los totalitaristas del siglo veinte y veintiuno, al disponer que sus intelectuales dedicados a falsificar la historia debían irse al infierno acompañando al soberano al que vendieron su alma.

Si alguien tuviera dudas acerca de esa pintoresca vinculación, no necesita más que echar un vistazo al descorazonador panorama de la literatura cubana creada a la sombra del régimen, sobre todo en las últimas décadas. En la medida en que el fidelismo fue haciendo al andar su camino hacia la tumba, han ido enterrándose junto a él sus Amautas.    

Es fácil constatar que entre los estudios, reseñas o simples menciones en torno a los más importantes escritores latinoamericanos de la contemporaneidad, raramente aparece algún cubano residente en la Isla y más o menos inscripto en las nóminas de la oficialidad, o más o menos atenido mansamente a las reglas del juego que impone el régimen. Las pocas referencias que encontramos, responden por lo general a selecciones amañadas por intereses que nada tendrían que ver con el justo y desprejuiciado juicio crítico.

Bochornoso y rotundamente triste es que un país que en otras épocas sobresaliera por la cantidad y el prestigio de sus escritores de talla internacional, hoy no pueda ofrecer sino una exigua lista de consagrados que sólo lo son del Morro hacia adentro y que, para colmo, ni cantan ni comen frutas, puesto que se han pasado largos años viviendo del figurado, sin escribir o escribiendo muy poco, algo que por demás habrá que agradecerles.

Un escribidor de policiacos que haría palidecer (por la vergüenza) a Poe o a Hammett o a Chandler, más algún torpe realista sucio, entre otras menudencias de última hornada, es todo lo que contiene la relación de Amautas (más o menos disfrazados) que le va quedando al régimen. Los demás son polvo en el viento, no sólo para ellos mismos y para la literatura. También para el régimen, que a diferencia de los Incas decretó su fin antes del propio, condenándolos al papel de pescados en tarima, muertos con los ojos abiertos.

Mientras que muchos de los países de Latinoamérica, con todo y la pobreza económica, además de otras calamidades, cuentan con escritores de primera línea que se dieron a conocer en las últimas décadas, la literatura cubana continúa dependiendo de aquellas figuras que ya estaban formadas al triunfo de la revolución de 1959, o de algunas otras de antes y después que se vieron obligadas a huir de la Isla para realizar a plenitud sus obras.

No es que todos los años tuviera que nacer un Lezama Lima o un Virgilio Piñera o un Eliseo Diego, pero tal vez fuera razonable esperar que también a partir de tales precedentes, entre otros, hubiésemos apreciado alguna muestra de fructificación de las semillas.

Expertos internacionales en béisbol han quedado boquiabiertos al examinar, en los últimos tiempos, las décadas de atraso que sufre el deporte nacional de Cuba debido al encerramiento, la manipulación política y la indolente dependencia que le impuso el fidelismo. Tal vez sea hora ya de que los estudiosos, críticos y teóricos literarios hagan otro tanto con la literatura hecha y publicada en la Isla bajo iguales limitaciones, o peores.

La verdad es que ahora mismo no resulta imprescindible ese estudio para comprender que los Amautas cubanos son la excreta en descomposición de la política cultural del régimen. Pero para lo que sí podría ser muy provechoso es para establecer hasta qué punto son también culpables (doblemente, como creadores y como sectarios sensores) de la mediocridad que ha reinado durante tantos años en los ámbitos literarios institucionales.

Si no existieran otros motivos, éstos solos bastarían para enviar al estercolero ese invento socialista (¿inspirado en la antigua autocracia de los Incas?) que consiste en subvencionar a los escritores y artistas al tiempo que se adueña de ellos, los reúne como a hormigas en colonias bajo su estricta dirección, decide cuáles son los temas que pueden tratar en sus obras, y aun para estos temas implanta la forma en que deben ser tratados.

Tan arrasador ha sido el anatema que ni aun todos los que escapamos de la Isla hemos conseguido trascender por completo las influencias y patrones y estilos literarios que nos inocularon, por ósmosis podríamos decir. De la misma manera que no logran librarse enteramente los que hoy trabajan allí al margen de la política y las instituciones oficiales.

Aun cuando no estemos dispuestos a reconocerlo, no hemos logrado situarnos tan a salvo como nos gusta creer de las estrecheces nacionalistas y del exceso de carga ideológica a los que nos acostumbró o nos obligó el régimen. Asimismo, por mal que pueda caer esta afirmación, y por más que nos apuremos a considerar que no va con nosotros, la realidad es que muchas de nuestras obras tampoco han sido impermeables ante ciertos malos ascendientes que desgranó sobre el suelo patrio el realismo socialista soviético.

Sé que este es un tema discutible. Quizás porque nos limitamos a identificar el realismo socialista únicamente a través de algunas de sus características más elementales, o sea, la representación del héroe que se juega la vida y no repara en sacrificios con tal de ser fiel a su pueblo, lo que es decir a quienes dominan a su pueblo; o los enjambres de obreros y campesinos trabajando como robots y viviendo como feliz ganado en sus corrales; o los conflictos de clase con representaciones maniqueas y espurias de pobres buenos y malos ricos…   

Sin embargo, más importantes que esas normas básicas son las lecciones que impartía entre líneas el realismo socialista. Por ejemplo, aquella según la cual el enemigo, por el mero hecho de serlo, siempre aparece descrito como moralmente inferior. O aquella otra en la que los conflictos e ideas individuales debían ser postergados en beneficio de los intereses colectivos; o las que subvaloraban las cuestiones del espíritu y estaban obligadas a defender la ideología como motor de la acción, invadeable en todas las tramas.

Algunos de estos rezagos pueden observarse hoy, con no poca frecuencia, en las páginas de escritores cubanos que viven y trabajan fuera del alcance de la censura gubernamental. Sólo hemos cambiado el papel protagónico de “buenos y malos”, para tirarle al régimen con su propia metralla. Claro que la yema del asunto nunca está en aquello sobre lo que se escribe, sino en cómo se escribe y a partir de qué presupuestos formales.

Dirigiendo el foco hacia a estos detalles, me resulta curioso que nadie haya examinado a fondo la real incidencia del realismo socialista en la literatura cubana, no sólo la de quienes escribieron en tiempos de la colonización soviética y más o menos atenidos a los dogmas del sistema. También en la de algunos que residen fuera de la Isla y en la de otros que han resuelto vivir allá, sin entrar en el aro y escribiendo mayormente para la gaveta.

Es como si hubiera existido un acuerdo tácito, entre historiadores, críticos, escritores (que tal vez no están de acuerdo en nada más) para echarle tierra al tema, amparados en el presupuesto -superficial y falso, pero quizá muy conveniente- de que la influencia soviética no caló entre los cubanos, así que todavía menos pudo dejar huellas en nuestro quehacer literario, debido a las enormes barreras idiosincráticas y culturales que nos distanciaban.  

En cualquier caso, nos queda más tiempo que vida para discutir este asunto, o para continuar ignorándolo mediante el comodín de que sólo es verdad aquello en lo que uno cree.

De lo que se trata ahora es de celebrar lo que a todas luces se proyecta como la cada vez más cercana extinción de los Amautas dentro del espectro de la literatura cubana, y además de elevar votos porque ese fin sea conclusivo y tan aleccionador como para que no deje retoños tras su paso. Pues, aunque el régimen que los sustentó no haya caído del todo, es obvio que de momento las circunstancias no son propicias para nuevas cosechas.

También sería bueno que en la medida de nuestras posibilidades, aprovecháramos el filón para abogar porque no se repita otro desastre por el estilo, al tiempo que intentamos restaurar el daño que este aciago affaire político ocasionó a la creación literaria.      

La literatura no es un arma de lucha, como no sea de lucha contra la pobreza espiritual y la estrechez mental. Contrario a lo que nos hicieron creer y a lo que muchos se resisten aún a echar a un lado, la literatura es, por sobre todo lo demás, libre expresión del espíritu y de la conciencia. Claro que como expresión libre en definitiva, puede ser utilizada como arma de lucha política, o como refugio, o como vehículo para la vanidad y la fama, o hasta como linimento para aliviar nuestras pobres almitas necesitadas de consuelo público. No está mal que cada quien escoja los temas que mejor les salgan de adentro.       

Quien elija no ser más que un escritor de circunstancia, con barniz patriotero o político o folklórico o panfletario, está en su derecho total. Lo que no debiera ocurrir (o creo yo que no debiera ocurrir) es que desaproveche su talento sin haberse esforzado por ser un escritor de verdad, o sea, un escritor sin más apellidos. Menos aún debe ocurrir que su decisión de actuar como escritor oportunista esté condicionada por los beneficios que sobre otros escritores puedan brindarle ciertas editoriales o concursos literarios o revistas o redes de difusión, porque en tal caso estaría procediendo como un Amauta de nuevo tipo, sin Inca pero sin libertad artística y de espíritu, lo cual resulta igualmente dañino para su obra en particular y para la buena salud de la literatura cubana en general.

En fin, lo dicho, cada cual con su cuero hace tambores. Yo apenas me limito a describir el paisaje.

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