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La Carreta en Miami, un restaurante cubano

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Nadie sabe cuántas fosforeras tuvieron que desaparecer en los bolsillos de cuántos clientes empedernidos, audaces, autoritarios, despistados, para que finalmente la administración del restaurante tomara la sabia decisión, o la tolerara, de amarrar un encendedor al extremo de un cable, ajustado con esparadrapo, como puede apreciarse en la foto que acompaña esta nota. Tal vez ni siquiera desató la idea el hecho de que desaparecieran incontables fosforeras. Tal vez el ardid se limita a ahorrarles tiempo a las dependientas, incansablemente hostigadas por los “clientes de la casa”.  Por los fumadores, por supuesto. “¿Tienes fósforos?”. “¿Me das candela?”.

Fuego: Hay gente que hace interminables “medias” en las esquinas de las Carretas de Miami, y encima fuman como diablos.

Debo confesar que nunca antes se me había ocurrido escribir sobre La Carreta. Ni siquiera cuando un locuaz camarero nos preguntó si éramos pinareños para enseguida, como un rayo, hacernos la historia de la famosa concretera. Según él, el punto no es que los pinareños dejaran la concretera dentro del cine, sino que para sacarla tuvieran que derribar una pared. No se percataron que el artefacto cabía por una de las puertas. “¡Somos habaneros!”, le aseguré (y también que los pinareños, que no son bobos, seguramente habían hecho aquello a propósito).

La Carreta es también un regreso a Cuba, una vuelta a las carencias y abundancias de lo criollo más tradicional. Injustamente relegada en la mediática cultural del exilio por el restaurante Versailles, cualquiera de sus franquicias constituye un clásico de lo culinario folclórico. En La Carreta –en las Carretas— suele trabajar gente que acaba de llegar de Cuba, o lleva a Cuba en los huesos, como un fardo de plomo. Entonces vas allí y vuelves a los tiempos de la Isla, emparedado entre el absurdo y la comedia, una promiscuidad cerril y los sabores más exuberantes. Para no olvidar que aún existe aquel país, donde faltaban, y sobraban, tantas cosas. Para que a nadie se le ocurra llevarse la fosforera.

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