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La desorientación del líder y el ‘suicidio’ de las ballenas

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TUT01 TUTICORIN (INDIA) 12/01/2016.- Ballenas piloto yacen sobre la arena de una playa tras quedar varadas cerca de Titicorin, en Tamil Nudu (India), el 12 de enero de 2016. Alrededor de 50 ballenas piloto quedaron varadas en la pasada noche en las playas de varios pueblos costeros en el estado de Tamil Nadu. Al menos cuatro de ellas resultaron muertas, según fuentes del gobierno local. EFE/Str

 

Las ballenas no se suicidan. Lo que prima en esos imponentes cetáceos es el instinto de supervivencia y conservación. No tienen noción de la muerte como para quitarse la vida de manera consciente. Carecen, en fin, de las tendencias suicidas que se les achaca un tanto a la ligera, atribuyéndoles un rasgo propio de la conducta humana.

Los supuestos suicidios colectivos de las ballenas son en realidad accidentes fatales. Sucede que se acercan a las playas sin medir el peligro y ahí se quedan varadas, inmovilizadas para siempre en la arena tramposa.

Dado su enorme tamaño, a los socorristas les resulta muy difícil hacerlas recular hacia la seguridad de las aguas profundas. Casi siempre, en esos casos, perecen a la orilla del mar, bien sea por deshidratación o por aplastamiento de los pulmones bajo su propio peso, que se multiplica fuera del agua.

Los cuerpos en proceso de descomposición son a veces dinamitados para evitar que se conviertan en focos infecciosos. La voladura de una ballena, como si fuera un viejo edificio, la deja reducida a menudos pedazos que saltan por el aire en todas las direcciones y les sirven de pasto a los carroñeros. El morbo de la extraña explosión atrae a no pocos curiosos y, por supuesto, a los reporteros de la tele. Muerte y pirotecnia son dos ingredientes infalibles para el éxito de cualquier espectáculo.

Tanto nadar para morir en la orilla, se lamentaba uno hace algunos años viendo aquel vídeo de 200 ejemplares atrapados en las arenas de una playa australiana. Son escenas bastante comunes en los cuatro puntos cardinales, pero no por ello menos dolorosas. Los ecologistas culpan de esa carnicería al uso de los equipos de sonar para la detección de submarinos. Y no les falta razón, al menos en parte.

Se ha comprobado, en efecto, que esos equipos de localización acústica, empleados indiscriminadamente en las maniobras navales, pueden interferir en el sistema de ecolocalización del que se valen las ballenas para desplazarse, percibir los objetos, alimentarse o aparearse. Se trata de una especie de sonar biológico, igual al de los murciélagos y delfines, basado en la emisión de sonidos que son inaudibles al oído humano.

Pero los etólogos —esos especialistas que se dedican a estudiar los porqués del comportamiento de los animales, incluyendo al hombre— han lanzado otra hipótesis que viene a esclarecer un punto clave, dándole al asunto un giro copernicano. No anula la tesis favorita de los ambientalistas con relación a los ejercicios navales, pero la deja en segundo plano al abrir un ángulo más plausible hacia la comprensión de los aparentes suicidios colectivos de los balénidos.

Las ballenas son mamíferos gregarios que se organizan en manadas y nadan detrás de un líder que normalmente es uno de los más viejos del grupo. Lo siguen ciegamente, por inercia, por rutina o quién sabe si por temor a las represalias.

Luego de pacientes estudios de observación in situ, los etólogos han llegado a esta sabia conclusión: el ejemplar dominante que dirige la manada como jefe indiscutible suele ser un anciano con lesiones orgánicas que le causan trastornos en el sentido de la orientación. De modo que puede despistarse y conducir al resto de las ballenas hacia playas idílicas donde hallarán una muerte lenta y segura.

Las ballenas no se suicidan. Ni los pueblos tampoco. Son llevados al matadero por dirigentes desorientados… y desorientadores.

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