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La libertad como espacio de confluencia

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La libertad entendida como espacio de confluencia y estado de derecho, como mecanismo de interacción en sociedad –la libertad social nunca es completa ni solitaria–, implica la capacidad de llegar a acuerdos, respetar diferencias y asumir responsabilidades. La libertad en sociedad tiene un precio y hay que estar dispuesto a pagarlo, parafraseando al poeta, político y jinete fallido.

O los cubanos aprendemos como sociedad a ser libres, a confluir desde la heterogeneidad, el saber estar y la apertura creativa –desde la capacidad de asimilar la diferencia y la crítica, aún la más cruda, como un fenómeno inevitable–, o no conformaremos nunca una sociedad moderna. En nuestro caso, en Neo Club y en general en aquellos antiguos proyectos relacionados –Cuba Inglesa, etc.–, nos hemos negado siempre, en redondo, antes invariablemente y ahora minuciosamente, a entrar en el círculo vicioso de la censura, la exclusión y el miedo al qué dirán.

Toda sociedad moderna conforma una estructura inclusiva. Estructura, por otra parte, cimentada en la comprensión de que la crítica, aun la más incisiva, no refleja más que un estado de opinión, individual o colectivo, a partir de un hecho concreto. Forma parte del paisaje, como los mosquitos y los comerciales televisivos. Refleja un estado de ánimo, el criterio sobre determinada realidad, aunque muchas veces circule marcada por la mezquindad o el despecho o la torpeza o el ensañamiento. Aun así, ello resulta preferible a la hipocresía, la exclusión, las regulaciones tantas veces invocadas por los timoratos y los acartonados.

Para disfrutar plenamente de la libertad que nos hemos ganado al salir de Cuba; para aspirar a una Cuba futura verdaderamente democrática, moderna –sea en el territorio insular o fuera de éste, sea virtual o físicamente–, necesitamos, ante todo, armarnos de un espíritu inclusivo y responsable. Y nuestra primera responsabilidad debería ser con nosotros mismos. Nunca nada cambiará si no cambiamos nosotros mismos, si continuamos secuestrados por el viejo espíritu autoritario, excluyente e intolerante que ha caracterizado a la fallida cultura latinoamericana.

La libertad, en un sentido moderno, civilizado, pasa por la confluencia. Cualquier otra cosa es existencia al margen, atrincheramiento cavernícola. Y nunca nadie ha podido cambiar algo, o influir en algo, o extender el Estado de Derecho como estructura social –y cultural–, metido en una cueva.

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