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La locura prodigiosa de releer a Whitman

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Leer a Walt Whitman sentado en una piedra sobre una altura desde donde divisaba mi pueblo a lo lejos, y se abría ante mi vista la locura prodigiosa, la fiesta de sentimientos con que el poeta me abrazaba. Los techos de tejas rojizas y el único tanque de acueducto del pueblo debieron parecerme altos rascacielos.

Ayer caminaba por Manhattan recordando esa alegría de un jovencito que se escondió de todos en la casa, para que nada interrumpiera la magia de tan cara lectura: El libro muy manoseado, y que sólo era un préstamo de dos días, parecía que se deshojaba, que en cualquier momento las páginas se volverían polvo, como dice el poeta cuando le canta a la belleza desde su esplendor: “¡Atiendan! No doy sermones o un poco de caridad; cuando doy, me doy yo mismo”.

Beber de los versos de Whitman era repasar la fuente de los libros más proféticos y antiguos, y arribar a una libertad como individuo que nunca antes había experimentado. Se abrieron mis sentidos a esa libertad y a cantarme a mí mismo con entereza y también desde lo primitivo del ser que descubre las grandes vocaciones que la naturaleza nos concede. Juro que deje de sentirme un peregrino sin estancia y sin identidad, me convertí desde ese momento en un ser identificado con todo lo que me rodeaba, con los pies sobre la conciencia de ser y estar en un tiempo muy difícil pero único. Arraigado y admirador de belleza, incluso donde antes vi con desgano tanta miseria humana.

Creo que el grueso, la sustancia de los versos del poeta lo lograron, nunca pude entender si esa felicidad que el poeta provocó era demasiado temporal contra la realidad por donde transitaba, lo cierto es que he vuelto una y otra vez al vicio de leerlo y siempre me emociona, otorgándome ese espíritu de rebeldía que impide que envejezca, y alas en el corazón para soñar sobre las alturas.

Su potente voz se apoya en un canto moderno, que jamás pasará de moda, con la fuerza de darnos la filosofía de la existencia humana a través de un lenguaje que no sólo mantiene todo el tiempo el tono profético, sino la forma perfecta de alumbrarnos en la relación hombre-entorno-naturaleza humana. Escogió la Biblia como retroalimentación de un espíritu que no esconde estas influencias, que a veces se adueña como tocado por la mano de Dios de esa originalidad que sólo se encuentra en las santas escrituras. Pero, sin ser repetitivo como un santurrón, más bien armoniza entre lo que fluye de su conciencia y lo que encierra para él decir su verdad, y sólo la verdad que siendo nuestra desde la lectura nos haría reflexionar, porque:

“Ninguno de mis amigos descansa en mi silla; no tengo cátedra, ni templo, ni filosofía; no llevo a ningún hombre a la mesa, a la biblioteca o a la bolsa; pero a cada hombre y cada mujer de ustedes los llevo a una cumbre”.

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