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La misa del muerto

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Alguien dijo una vez que el son se había ido de Cuba. Pero no era cierto, estaba allí, sólo que enterrado vivo. Por eso nadie lo veía. Luego se supo la verdad cuando vinieron los productores extranjeros y lo desenterraron. Para el bolero, en cambio, no aparecerían a tiempo los desenterradores. Es el dolor sin perdón de la cultura popular cubana. Y para colmo de males, con proliferación de madrastras y padrastros asociados en los últimos años a la industria turística.

De esas polvaredas surgió el pantano al que tan graciosamente llaman Festival Internacional Boleros de Oro, que ya va por más de veinte ediciones sin que haya logrado dar a conocer a un solo renombrado bolerista cubano de nueva generación. Por no decir que lejos de reanimar la preferencia por el género, le ha dado el tiro de gracia. Si bien los comisarios políticos del régimen se convirtieron en enterradores del bolero al borrar de la memoria popular los nombres y las obras de famosos boleristas que marcharon a la emigración o al exilio, los festivales Boleros de Oro representan el réquiem, la misa para el muerto.

Nadie sabe para qué les sirven y adónde van a parar las toneladas de papeles que se gastan cada año en conferencias magistrales, paneles, ponencias y otras doctas teorizaciones con que amenizan las exequias del Festival Boleros de Oro. Pero al menos dos cosas sí han quedado claras: 1) que jamás tales muelas despertaron el menor interés entre la gente de la Isla; 2) que no han restituido ni en una pizca el descenso en picada del bolero. Pero es posible que ello importe poco a sus organizadores (de la UNEAC), porque el objetivo de toda esa parafernalia seudosesuda, como el del Festival en sí, es netamente turístico.

En la concreta, el carácter genuino del bolero cubano sigue brillando por su ausencia en el Festival Boleros de Oro. Sin ir más lejos, en su última edición, padecida hace un par de meses en La Habana y otras ciudades del país, la gran figura fue Andy Montañez, un viejo salsero puertorriqueño que, entre otros géneros, también canta boleros. Y los canta muy bien realmente. De modo que constituyó un acierto extraordinario para un evento cuyos organizadores se ha gastado decenios pasando gato por liebre. A un punto tal que ha sido moneda corriente ver berreando en sus escenarios a “boleristas” de Alemania, Japón, Italia y España, entre otros países al parecer de rica aunque misteriosa tradición.

El caso recuerda aquellos festivales dedicados a Elvis Presley en Las Vegas, donde uno no sabe si reír o llorar ante el espectáculo de una grey de infelices imitadores en trajes blancos llenos de lentejuelas, balanceando “sensualmente” las caderas y exhibiendo el mohín característico de El Rey. La verdad (y lo digo sin animadversión), sólo gracias a un convencido respeto ante la conducta civilizada logra uno contener las ganas de vaciar el vientre sobre sus preisleyanos peinados con moña. Y lo mismo ocurre con esos boleristas japoneses y alemanes, sólo que no sería sobre el pelo sino en sus sombreros años 50.

Otro cuarto se alquila con los intérpretes nacionales. Llegados los años 90 del siglo XX, con el bolero muerto y enterrado bocabajo (por si intentaba salir que se hundiera aún más en el hueco), las autoridades culturales del régimen parecen haber caído en la cuenta del tesoro que habían dejado escapar y de lo bien que les vendría, en términos económicos y turísticos, ensayar su rescate. Fue en tales circunstancias en las que aparecieron esperpentos como el de Boleros de Oro o como el cabaret Dos Gardenias. Necesitaban extraerle al bolero todo el jugo que quizá le quedara. Sólo que no disponían de lo básico, los boleristas.

Pero ya sabemos que donde no hay pan, casabe. Y ocurrió que a falta de cuatro o cinco boleristas hechos, se improvisaron veintenas entre los que antes vivían dedicados a cantar baladillas de apaga y vamos, bodrios de canciones llamadas ligeras aunque ni a eso llegaran. María Elena Pena, Ela Calvo, Elizabeth de Gracia, Alfredo Martínez o Héctor Téllez, entre decenas, han pasado a ser desde entonces los desangelados remedos de Orlando Vallejo y Olga Guillot. Sin embargo, son presentados en el complejo turístico Dos Gardenias como “las grandes voces del sentimiento auténtico, la emoción de una noche inolvidable, en el sitio donde cantan los que saben cantar de verdad». Por cierto, en ese sitio, además de cantar los que sabe Dios qué saben cantar, está ocurriendo otra rareza: el público espectador, ya podremos suponer quiénes lo conforman, paga en vez de cobrar por la entrada. Y en divisas.

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