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La paja en el ojo ajeno

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Entre los múltiples prejuicios que adornan el carácter de los cubanos, descuella la actitud de rechazo más y menos abierto, o de burla más y menos insolente, ante los Testigos de Jehová. Será raro hallar a un solo paisano de allá o de acá que no se apure a emitir un veredicto descalificador cuando se habla sobre los miembros de esta secta. Y más difícil aún, punto menos que imposible, es encontrar a uno solo que asuma la defensa pública no ya de sus doctrinas (verdaderamente indefendibles para muchos, entre los que me incluyo) sino de ellos mismos en tanto seres humanos humildes, inofensivos y nada rencorosos, a pesar de ser discriminados hasta por nuestra gente más discriminada.

Me dirán que los primeros en no procurar su defensa son los propios Testigos de Jehová, debido a la forma ingenua (entre empalagosa e irritante) con que a veces pretenden captar nuestra adhesión, consiguiendo por lo general el efecto contrario. Saldrá a relucir asimismo el carácter retrógrado y hasta aberrante de algunos de sus dogmas, muy especialmente su tozuda renuncia al aprovechamiento de ciertos avances de la medicina. En fin, resulta sencillo echar mano a varios agravantes que nos sirvan para argumentar nuestro prejuiciada repulsa. No sólo porque esta denominación está muy lejos de ser modélica. También por lo viable que es aquello de hallar la paja en el ojo ajeno.

Menos fácil sería encontrar argumentos mínimamente razonables para justificar nuestro menosprecio contra seres humanos que ni siquiera reaccionan menospreciándonos a nosotros y de los que apenas nos diferenciamos por algunas creencias o actitudes ante la vida.

Eso por no insistir en algo que todos conocemos, pero que al parecer olvidamos a la hora de hacer ascos ante los Testigos de Jehová: su vertical conducta frente al totalitarismo fidelista, desde los primeros días, y hasta hoy, cuando casi todos los demás credos religiosos de la Isla han resuelto entrar en el aro, como imperativo de sobrevivencia.

De mis tiempos en el servicio militar y en los calabozos de allá, recuerdo pocos ejemplos de personas que se comportaran tan valientes e indoblegables como ellos. Tampoco sé de ninguna otra organización religiosa que mantuviera tantos miembros en las cárceles del régimen, excluyendo quizá a los católicos de los primeros años de la revolución.

No obstante, no es de política ni de religión de lo que se trata en este caso, sino de sensibilidad humana. De la elemental tolerancia que debemos al otro, y del respeto a su derecho a ser diferente sin que ello condicione nuestra desestimación o el repudio gratuitos.

Conste que es algo que no sólo debemos hacer por ellos, sino también por nosotros mismos, ante el imperativo de actuar como seres civilizados, demostrando estar listos para enfrentar debidamente ese futuro de progreso y democracia que soñamos para Cuba.