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La pausa del poeta

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La pausa del poeta es por dentro, desde los suburbios del corazón, y otras veces dobla turno entre los acantilados, Machete por Machete, sin perder la nobleza rumor zumo difuminaciones. Eso es lo que me hace escribir este poeta peculiar del lenguaje, que sin ambages, a la intemperie y con dulce ironía, de buen humor, desamarra el caimán que miramos desde nuestro encierro, esa nueva metáfora posnacional.

Armando Añel no intenta amar a la patria patriando, sino que su amor es incondicional, solo aquel en plena libertad de la acción de las palabras y el pensamiento vivo. La pausa del poeta es por fuera, es decir, no se detiene en las formas tradicionales, en los símbolos donde muchos damos vueltas sin darnos cuenta, o sin querer dar vueltas nos damos cuenta, y al final tropiezas con este libro y su edulcoración en juego con el frabulloso día, con su apuesta posmodernista. Pausa para la relectura, pausa para comer y llevar una completa, pausa del oficio y la vigilia del discurso, pausa que no pausa: La pausa que refresca (Neo Club Ediciones, 2015).

Es un oficio también saber bailar En casa del trompo, dar vueltas en el lugar agotando el tiempo, gastándolo en lo que imaginamos útil o bello, dice el poeta en su primer poema: “nada me rescata ni me hunde/ salvo la evolución de estas mitades”. Sabiduría que nadie te regala sino que fornicas, comes, te desvela desde la experiencia de vida hasta la experiencia del lenguaje dice el poeta: “el olor de la muerte festejado en la decapitación de los pollos…”. Y sigue Añel por todo el verso, por todo el poema y todo el libro, por toda su poesía, sigue y sigue sin parar en su pausa íntima, posnacional, en su escapatoria, una pausa que también es tuya al leer este maravilloso libro que tiene de lo increíble pero posible.

Armando Añel es de esos poetas que no se engañan a sí mismos tras una palma real en Hialeah, Kendall o Coral Gables (por cierto, son bellísimos los paseos bajo la sombra del Oak): es un poeta cubano orgulloso del lugar donde ahora vive y lucha (en el país de las palabras vivas).

La pausa que refresca recorre exilios, salmos, laberintos y contrapuntos, el humor y la paráfrasis que no puede faltar. No juega a ser intelectual sino que es un libro intelectual; no juega con la patria sino que la transforma y la desviste para que desnuda sea más fermosa, como debió ser siempre. Tomando o no Coca Cola, la ubicuidad es no estar por estar en varios lugares a la vez, sino sentir que estás para ser… lo contrario es cagarte en Shakespeare y eso no es bueno.

Finalmente, me emociona que, como poeta, Añel no olvide lo que no olvidarían Miller, Joyce –los de verdad–, lo que no se olvida, la pausa que refresca: Idabell a la vista, un breve poema que no termina, una metáfora simbólica, un olor quemando en la memoria de cada día: del eros de la vida al eros del lenguaje. Enhorabuena, Armando.

1 COMENTARIO

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