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La sagrada rama dorada

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No importa que afuera el mundo sea un infierno y acechen feroces los mamertos. Es posible obviar el detalle y procurar ser feliz, al menos efímeramente feliz, si uno tiene una casa con un patio y en el patio palmeras, y una de esas palmeras pare este racimo de palmiche dorado que fulgura a la fría luz de los rayos del sol que desciende y debilita en su última batalla contra las sombras y si, por si fuera poco, uno ha leído La rama dorada, de Sir James Frazer, y posee la capacidad de relacionar este racimo de palmiche áureo con la sagrada rama dorada allá en el también sagrado bosque de Nemi donde, en los alrededores de un lago, merodeaba con la mirada extraviada y encendida un rey-sacerdote del culto de Diana que, armado con una espada, mataba a quien se atreviera a penetrar en la sagrada selva, pues el hierofante debía defenderse en duelo despiadado de los aspirantes a sustituirlo, asesinándole, en su condición de guardián del culto y reencarnación de un dios nombrado Virbio, que moría y revivía, una deidad solar que llevaba a cabo un matrimonio místico con la diosa, la cual moría en la cosecha y reencarnaba en la primavera como expresión física de un fenómeno espiritual, de la eternidad en el espíritu, y si, además, uno sabe que en la palmera vive y manda otro rey-sacerdote nombrado Shangó o Wotán o Zeus o Jove (Júpiter), según quién y dónde se le adore, y si además uno está dotado por los dioses con la capacidad de escribir, recrear las cosas, acercándose de ese modo humilde, semicreador, a esos mismos dioses, y uno bebe del buen vino envuelto en el manto del crepúsculo; como lo haría el Cristo o Dionisio. Bueno, pues, qué más pedir, si todo ello nos habla de que los mamertos no prevalecerán.