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¿Lo peor vendrá después?

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Los cubanos conocemos lo que significa vivir en el ojo del ciclón. Es el sitio en que nuestra isla ha estado permanentemente en los últimos sesenta años. Falsa calma interior, siempre bajo la ineludible amenaza de la víspera. Lo peor vendrá después, suelen repetir los viejos de allá cuando el centro de un ciclón de verdad está pasando sobre sus predios. Y es una frase que podría resumir la historia de eso a lo que llaman la revolución cubana. Primero, pasaron los arrasadores vientos frontales del ciclón. Luego, vino a perpetuarse el ojo, que es la quietud amenazante, el engañoso orden, y es la advertencia de que por más que nos asusten lo pasado y lo actual, aún está por venir lo peor.

No por trillado, el tema deja de conservar plena vigencia. No sólo por ser algo que ocurre en presente continuo, también porque hay ciertos acontecimientos de la actualidad internacional que por lo menos a mí me recuerdan con frecuencia este ciclón cubano.

Recientemente, leí en El País un muy atinado análisis del expresidente de Brasil Fernando Henrique Cardoso, acerca del futuro político de su nación. Para Cardoso, el éxito de popularidad que Jair Bolsonaro ha conquistado en corto tiempo, obedece al miedo que hoy expresan los brasileños ante lo desconocido y a su ansia por restablecer el orden.

Sobra el intento de resumir con tres palabras este análisis. Y sería inútil, ya que puede ser consultado totalmente en la página on line de El País, correspondiente al 19 de octubre. Pero lo que viene al caso, lo que en realidad me remitió al ciclón cubano, son esos dos factores que, según Cardoso, definen hoy la preferencia de los brasileños en las urnas: el ansia de orden y el miedo a lo desconocido. Y es que, coincidentemente, ambos factores resultaron básicos para que la dictadura castrista perpetuase su dominio en Cuba.

Ya se habló bastante sobre los esfuerzos del castrismo por restringir el flujo de información y el intercambio de la libre opinión en tanto alternativas para mantener entre la gente el miedo a lo desconocido. Los resultados están a la vista desde hace tiempo. Y siempre han sido explicables justo a través del carácter de país aislado y aun virtual que el régimen impuso a nuestra isla. Lo que al parecer no teníamos claro es que el miedo a lo desconocido también puede cundir entre la gente del mundo real, interconectada con Internet y metida hasta el pelo en las procelosas aguas de las redes sociales.

¿Será que Fidel Castro se gastó en vano tantos recursos y tanta represión cruda? ¿Acaso de la misma forma que tupió a la gente manteniéndola desinformada, no la habría podido tupir sobresaturándola de información, preferiblemente sensiblera o frívola? ¿Qué tipo de Armagedón ha provocado que en 60 años cambiaran tan radicalmente las reglas del juego político?

Las meras preguntas me agotan. Así que no quisiera verme en el pellejo de los expertos que se dedican a buscar respuestas para este nuevo fenómeno, que no es sólo brasileño, pues ya se produjo antes en otros países, e incluso está mostrando indicios de expansión mundial.

En cuanto al otro factor en cuestión, o sea, el ansia o la necesidad de reinstaurar el orden, tampoco está de más refrescar la memoria con el caso del ciclón cubano. Nunca hubo desorden mejor tramado que el orden impuesto por las circunstancias en las que prosperó la revolución de Fidel Castro. Primero, a partir de una necesidad real de ordenar lo desordenado por la dictadura anterior. Después, por la voluntad sin control de un paladín populista, dispuesto a ignorar toda interpretación sobre el concepto de orden que fuera ajena a la de sus propios desórdenes morales y mentales. El saldo también está la vista: un orden salvaje, dispuesto únicamente para la ciudadanía, mediante los más retrógrados métodos represivos, y cuyo único fin es conservar el corrupto desorden del poder.

Claro que aunque soy punto menos que un neófito en materia política, no soy tan bobo como para vislumbrar -en el caso brasileño o en cualquier otro caso del mundo real- futuros desenlaces como el de Cuba. De hecho, el propio Fernando Henrique Cardoso afirma en su análisis sobre el fenómeno Bolsonaro que “si gana y se desvía de la regla constitucional, de los valores de la democracia y de la lucha por una mayor igualdad, tendrá que encontrarse con un muro de oposicionistas que dificulten su avance”. De modo que no proceden las comparaciones. De lo que se trata es de algo que por parecer más simple, a mí por lo menos se me antoja más complejo. Y tal vez por eso mismo me asusta.

¿Será que el mundo está involucionando, de tal forma que los males que la política le traía antes a la gente -y aun debía imponérselos en ocasiones mediante la fuerza de las armas- son los mismos males que ahora la gente sale a buscar confiada y festinadamente? ¿Será que también con respecto a este fenómeno lo peor vendrá después?

He aquí una nueva tarea para los súper-politólogos. O no sé si corresponda a los psiquiatras.

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