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Los demonios de la culpa

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Ciertas historias relacionadas con las calamidades que ocasionó el nazismo a los judíos, me remiten a veces a lo hecho por el castrismo contra los cubanos “mal nacidos” (según el último epíteto, excretado por la mente obtusa de Díaz-Canel), es decir, millones de seres humanos condenados al destierro y a la pérdida de todo cuanto habían logrado en la vida, por no aceptar convertirse en rehenes de las nefastas alucinaciones de un caudillo.

No pretendo comparar lo incomparable. La única comparación posible con la trágica “Solución final” de Hitler contra los judíos, podría establecerse quizá a partir del drama de la esclavitud de los africanos por parte de Europa. Pero es algo que no viene al caso ahora. Si me ha vuelto a pasar por la cabeza este liviano cotejo entre la desgracia de los judíos en la segunda guerra mundial y la de la diáspora cubana, es porque acabo de ver una película húngara que, primero, me causó vergüenza ajena, y luego, me puso a pensar.

“1945”, es el título de esta película del reconocido director Ferenc Török, quien se basó en un relato del escritor húngaro Gabor T. Szántó, para filmar otra joya sobre el holocausto judío, pero esta vez sin campos de concentración ni siniestros allanamientos de las SS.

El escenario de la película es un pequeño pueblo del interior de Hungría, donde un grupo de habitantes delató a sus convecinos judíos y hasta colaboró con los nazis para que los apresaran, sólo con la intención de quedarse con sus comercios y otras propiedades.

Fue el modo escogido por aquellos pobladores para paliar las necesidades económicas durante un tiempo, breve, por cierto, apenas los seis años que duraría la Segunda Guerra Mundial.

Resulta misteriosa la imprevisibilidad, o la falta de seso que exhiben esas personas miserables, dispuestas a no reparar en crueldades ni bajezas de ningún tipo a la hora de apostar por el presente, por el hoy mismo, sin prever que sus actos podrían condenarles para siempre, si bien no necesariamente ante la ley, por lo menos ante sus propias conciencias.

Es justo lo que ocurre en “1945”. En los días finales de la guerra, regresan al pueblo dos judíos cargando pesadas maletas. ¿Qué se traen entre manos? ¿Para qué han vuelto? ¿Qué exigencia o qué venganza traman? Preguntas como estas, que no tienen respuesta para la gente, pues los judíos se limitan a caminar silenciosamente por la calle principal, van a ser más que suficientes para que se desaten los demonios interiores de cada culpable.

Con una inteligente combinación de los mejores recursos narrativos del cine, con técnica impecable y aguda visión autocrítica de la historia, sin pasar por alto la ironía, incluso el humor, que bordea cada recuadro, desdramatizándolo, Török ha logrado una genial parábola sobre la culpabilidad, no sólo la de esos individuos sin seso que mencioné antes, sino la de toda una sociedad construida sobre ruinas morales. De modo que el filme no sólo representa un buen jalón de orejas para los húngaros, y en suma para los europeos. También propone una esencial cura en salud para todo el mundo moderno.

En cuanto a nuestro caso, no creo necesario aclarar por qué me ha remitido tan particularmente a las deplorables pérdidas y humillaciones que hoy cargan sobre sus hombros millones de “mal nacidos”, fruto de las atrocidades del castrismo, pero también (como en “1945”) de la pobreza espiritual de sus propios vecinos, amigos y parientes.

Para víctimas y victimarios, los dos judíos del filme brindan lecciones muy a tono con su altura moral.

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