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Nefasto entre Flagler y Belascoaín

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El imperio nunca termina de joder a los infelices obreros norteamericanos. Los niveles de explotación son increíbles. Como si no bastara con pagarles en una hora de labor el salario equivalente al que un cubano devenga en un mes, ahora los privan del contenido de trabajo.

Resulta humillante la situación de los trabajadores de comunales en La Pequeña Habana de Miami. Por mucho que intentan remedar en nombres, costumbres y otras zarandajas lo que acontece acá (en la capital de todos los cubanos habaneros), la falta de voluntad política y el desparpajo ideológico los mantiene muy lejos del confort de nuestros proletarios.

Aquellos infelices y explotados trabajadores, a falta de qué hacer, se comen un bisté a cualquier hora, deambulan en sus Mitsubishi como zombis por las calles, o prenden en sus casas el televisor y saltan toda la noche de canal en canal del aburrimiento al mal humor, sin conocer que Cuba Visión y Tele Sur existen. Y lo más indignante: aun así les pagan.

Por eso es increíble que una sociedad de consumo que tiene alimentos hasta para los fantasmas, y genera en un día tantas sobras de comida y envoltorios suficientes para cubrir tres cuartas partes de América Latina, Asia y África, no tenga el más mínimo pudor en dejar de arrojar desperdicios en aceras y calles, como si las ratas y los gatos no existieran.

Es más, quedé petrificado de dolor al ver que los perros no cagan, las hormigas son vegetarianas, las cucarachas brillan por su ausencia y los buzos tienen restringidas sus zambullidas al mar, como si la materia prima reciclable no estuviera también en los tambuchos de basura en las cuatro esquinas de la tierra. Es inodoro ese país. Inhumano.

¿Cómo es posible un mundo mejor sin el ejercitante resbalón con una mierda de perro, una cáscara de plátano, un trozo de melón, una mustia papaya; o donde siquiera puedas tropezar con un adoquín, un tibor, los muelles de una cama, el cadáver de una gallina prieta, y evadir (para ejercitar reflejos) la caída de un balcón o el cubo de agua bendita y meao que caen hermanados sobre cualquier mortal y feliz transeúnte cubano desde cualquier apartamento?

Eso no es vida, hermanos. Flagler es un cementerio de luces de neón, oficinas, edificios y establecimientos comerciales donde los automóviles no pitan ni echan humo; los cristales no se rompen, la pintura no se cae, y para colmo, las guaguas tienen aire acondicionado para tuberculizar a los 126 emigrantes que aún no tienen carros, o no quieren tenerlos.

¡Cuán lejos está Flagler de Belascoaín! Qué pena que no sienta en sus esterilizadas y desbachadas calles, o en sus asépticas aceras, el sandunguero hormiguear de un P-6 que, cual dragón sonoro, arroja el humo ardiente sobre una multitud que retoza en el sudor, flota entre los olores perros, corre de aquí pa’llá como un juego de yaquis en un temblor de tierra, sube por donde puede y se aglomera, codea y canta mientras aprieta la cartera.

¡Qué Flagler más gris sin el rojo subido de Belascoaín con sus almendrones trepidantes, las montañas de escombros sobre las aceras, las jaurías de perros en cualquier lugar, la hidalguía de los gatos en los restoranes cuando son corridos con un chorro de agua por los gastronómicos, o los agro mercados donde las carnes, libres de frío y envoltorios, son custodiadas por un enjambre de moscas, y acariciadas por el vendedor con sus dedos!

Pobres miamenses. ¿Qué será de ustedes mientras en los insulsos espacios de La Pequeña Habana nadie se faje por un filete de tilapia, haga cola diez días para ponerle el cuño a un documento, o seis para pegarle la pata a un taburete? ¿Cuándo podrán vivir a plenitud sin el ruido incesante del reguetón y la cadena perpetua de las cornetas de los bicitaxeros?

¿De qué vida podrán hablar a su nietos sin el apagón, la libreta de racionamiento, el dominó a grito pelao hasta el amanecer bajo su ventana y obstruyendo la acera? ¿Cómo sentirse vivos sin preocuparse por el uniforme escolar, la balita de gas, la tercera vuelta de tampones, la llegada del café, o la rendición de cuentas del delegado del Poder Popular sobre su gestión para tapar el bache-cráter centenario de la calle o conseguir dos tejas?

¿Acaso es vida encontrarse un lugar donde orinar en cualquier establecimiento? ¿Es humano que en las cafeterías te sirvan agua y además con hielo? ¿Justo que te dejen llevar cuántas servilletas quieras? ¿Revolucionario que te llamen señor, te digan bienvenido, tenga usted buenos días, hasta luego y regrese? ¿Digno que te envuelvan lo que te llevas?

Además, ¿en qué cabeza cabe que un pueblo tenga la responsabilidad de elegir a sus representantes, quitarlos y ponerlos, y como si fuera poco, pueda mentarles la madre sin caer presos, pararse frente a su palacio y decirle improperios, militar en un partido diferente, crear una agencia de prensa, montar un timbiriche, un cine 3 D y cuanto quiera?

No es civilizada, democrática ni humana tanta limpieza e independencia. La mugre, el maltrato, los malos olores, la censura y la indisciplina social tienen tanto derecho a existir como los trabajadores de comunales. Si no imaginan un mundo así: Pasen por Cuba.

Por eso, y sin que me quede la menor duda, Flagler no se parece a Belascoaín. Pero desgraciadamente (por ahora), y parodiando a Pessoa, Flagler no pasa por mi casa, ni atraviesa las ruinas, los solares ni los escombros de Centro Habana hasta morir frente al mar bajo las estrellas. Aunque algún día, no muy lejano, las compararemos de nuevo.

Eso se los aseguro yo, Nefasto “El Optimista”.

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