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Nietzsche y el conocimiento inútil

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Retomar a Friedrich Nietzsche puede ser también una forma de recreación o un intento lúdico de acercar festivamente el pasado, reinterpretándolo. Nietzsche probablemente se equivocó en muchas cosas, aunque acertó en varias importantes. Dice uno de sus fragmentos (su obra está construida, en buena medida, en base a fragmentos, apuntes y sentencias):

“Las especies no van adquiriendo una mayor perfección: los débiles, por ser más numerosos y más ingeniosos, dominan una y otra vez a los fuertes.  Darwin se olvidó del ingenio (eso es muy inglés) y los débiles tienen más ingenio. Hay que necesitar ingenio para acabar teniéndolo, en cuanto ya no se le necesita se le pierde. Quien tiene fortaleza prescinde del ingenio. Como puede verse, entiendo por ingenio la previsión, la paciencia, la astucia, el disimulo, el gran dominio de sí mismo y toda clase de mimetismo”.

Uno de esos párrafos contradictorios que acostumbraba a concebir el alemán. Por el estilo de este otro:

“La libertad significa que los instintos viriles, los instintos que disfrutan luchando y venciendo, predominan sobre instintos como el de la felicidad, por ejemplo. El hombre, o mejor aún, el espíritu que ha llegado a ser libre, pisotea esa forma despreciable de bienestar con la que sueñan los tenderos, los cristianos, las vacas, las mujeres, los ingleses y demás demócratas.

“El hombre libre es un guerrero”.

En alguna medida esto último es cierto. Pero un guerrero que combate y vence la tiranía del ego. Porque lo opuesto a la felicidad –el sufrimiento, el estrés generado por la tiranía del ego y su incapacidad de sobreponerse a la ausencia de reconocimiento exterior– pasa por la esclavitud de necesitar imponerse, transita por la necesidad de aprobación. Miremos, por ejemplo, al magnate Donald Trump, su eterno rictus amargo, su acidez incontrolable. Un rico incapaz de disfrutar su dinero. Incluso el propio Nietzsche sufrió insistentemente por amor –necesidad de aprobación–, suplicó como un cristiano y mugió como una vaca, a pesar de su discurso de supuesto guerrero y “hombre libre”.

Y el desprecio del filósofo alemán por lo inglés –lo inglés, que no sólo ha demostrado a lo largo de la historia su capacidad para generar bienestar u ovillarse bajo la manta de las pequeñas felicidades cotidianas, sino para hacer la guerra, conquistar naciones enteras, practicar una fortaleza creciente, consecuente, indiscutible (y aquí florece nuevamente la contradicción en Nietzsche)– parece muy cuestionable. Lo mismo que su rechazo a la democracia –entendida como el gobierno de la mayoría trivial–, que con todos sus defectos e injusticias, a ratos monumentales, constituye la única manera factible de encarar el futuro.

Etcétera.

En lo que tal vez se equivoca Nietzsche:

Los mejores, o los fuertes, no lo son en virtud de un conocimiento inútil o unas cualidades –no importan cuán sublimes– inoperantes. Los mejores deben serlo sobre la arena del coliseo, reduciendo la implacable jauría de lo cotidiano, relativizando la carga de imponerse o sobresalir. ¿Qué mérito particular puede tener imponerse? El hombre verdaderamente excepcional, que es lo que se supone implicaría el concepto de superhombre nietzscheano, no habita un mundo idealizado o infernal: está en condiciones de subordinar el mundo real a sus necesidades. De adaptarlo desde su imaginación y su creatividad. He ahí lo meritorio.

Esto, habría que repetirlo mil veces, resulta lo verdaderamente trascendente. Los débiles no dominan a los fuertes, porque los fuertes no son de una sola pieza. Los fuertes, más allá del conocimiento inútil, constituyen un resumen de asimilación y progresión en la conciencia lúdica, en la creatividad que no necesita imponerse o ser aprobada para gustar de sí misma, para felicitarse de estar viva.

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