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Para los que lean más allá del título

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Opinar sobre un texto que no hemos leído o del cual leímos sólo el título o el lead. He aquí una propensión entre graciosa y desconcertante (según se mire), que hoy campea en los medios digitales. No creo que únicamente en los que difunden información sobre Cuba, pero es obvio que los cubanos acogimos con fervor este insano fenómeno mundial, que para nada es imputable al auge de la tecnología, sino a la inconsciencia y a la liviandad humana, las que parecen aumentar en proporción con los avances de la modernidad.

Luego, no sólo opinamos sobre aquello que no hemos leído. También lo hacemos en forma categórica, incontestable, descalificando a priori los criterios que, según nos pareció, sostiene el texto, y decididos a descomulgar de nuestro credo a quienes lo apoyen.

Los principales culpables, incluso por delante de esos lectores, somos en ocasiones quienes escribimos los textos, puesto que se nos ve venir desde la primera línea. Al punto que aunque no esté bien que nos juzguen sin haber leído, sí está bien que no nos lean.

Es lo merecido cuando no lanzamos sino bolas flojas y a la altura del pecho, escribiendo aburridas variantes en torno a un mismo tema y casi con las mismas palabras. El colmo es que con frecuencia nos limitamos a coleccionar adjetivos que satisfagan el interés de un tipo de lector que ya conocemos bien, por lo que sabemos que le basta con que escribamos lo que él espera, aunque siempre sea lo mismo, para que nos apruebe sin leernos.

En otro extremo están los comentaristas que se han ganado la antipatía de lectores puntuales. No siempre con justicia. Tal vez porque algún día propusieron algo que no les gustó, o porque no comparten del todo sus pasiones políticas o su manera de actuar en la vida privada. Escriban lo que escriban, sus textos serán desaprobados sin ser leídos. Claro que es derecho soberano del público escoger o repudiar sus temas de lectura, por más que medien sinrazones en la elección. En todo caso, y ya al margen de ese derecho, lo que me parece absurdo es opinar sobre un texto del que se leyó sólo la firma.

Por lo demás, igual que ocurre con esos perfumes en cuya etiqueta se asegura que son Chanel 5, pero basta con aflojar mínimamente la tapa del frasco para comprobar su falta de fijador, el trabajo de quienes escribimos para estos medios podría estar exponiéndose a las sospechas de los lectores no sólo a partir del escaso esfuerzo intelectual que le dedicamos, sino, sobre todo, a la inautenticidad de los presupuestos que rigen su elaboración.

Así, entre la simpleza de quienes escribimos para matar la jugada y la de quienes fingen que nos leen sólo por tener pretextos para descalificarnos, o para elogiarnos, o para pasar un rato entretenidos en el foro (como antes lo pasaban en el pasillo de la cuartería o sentados en la esquina del barrio), tal vez estemos arriesgando de antemano aquella aspiración a un futuro en plena democracia con el que tanto nos gustar soñar, o decir que soñamos.