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Para vivir en Miami

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Se puede ser de Miami y vivir en cualquier otro sitio. Lo irracional es como desea vivir Miami la juventud cubana en su mayoría (y el pueblo cubano tras su postura post discurso): ellos adoran la ciudad y viven pensando en ella, en esa zona de la «yuma» sin ni siquiera sustentar la parte democrática del asunto, en una especie de escape de su realidad sin futuro. Para ellos, Miami es como la capital de todos los sitios idílicos a donde arribar, porque la ven semejante a Cuba por el clima –o el clímax–, pero en realidad se trata de otra cosa.

Visto desde esa lógica semántica, el «Miami del lado de allá» es ante todo una contradicción, un disparate. Nada más opuesto a La Habana que Miami. La comparación es un falso positivo, una bola. El sistema político y el sistema en general hacen que ciertos parecidos y reflejos dejen confundidos a muchos. Por eso, cuando tras llegar a Miami se frustran y meten en líos, cuando no encuentran los mecanismos para disfrutar el paraíso a donde arribaron, quieren resolver usando los mismos métodos de la teta castrista y se los come el malabarismo de sobrevivir.

Irse, exiliarse, es hacer todo diferente. Asentarse sobre bases que hay que crear, el verdadero ser de un hombre nuevo verdaderamente revolucionario en toda la amplitud demócrata que la palabra y su acción conllevan (y lo digo desde fuera, desde otra aldea más capital que la de allá abajo, Nueva York). El individuo, el cubano recién llegado, para vivir en la comunidad nueva debe primero afirmarse desde el aprendizaje cultural y político. Cuando no lo hace así, fracasa. De ahí, de esta falta de conocimiento, surge la confusión de vivir en Miami y estar en La Habana, y viceversa.

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