Inicio Crónicas de Miami Permítannos expresar libremente nuestro júbilo

Permítannos expresar libremente nuestro júbilo

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1) Sólo el castrismo ha generado esta fiesta, este estallido de júbilo del exilio. No busquen otro culpable o responsable de la celebración más que el despotismo que el caudillo muerto desplegó en vida.

Si en algo han sido pródigos los Castro es en fabricar sus contrarios. Si algo les ha caracterizado es la habilidad militante para inventarse un antagonista (real o ficticio) y articular todo su mecanismo de poder en torno a ese mito.

Pues bien, esa legión de enemigos, opositores o, simplemente, personas que aún reclaman su derecho a disentir, a pensar diferente, hoy están de fiesta y con unas Navidades en el horizonte que prometen ser providenciales. La fiesta es la más auténtica despedida que el exilio puede tributarle a quien le engendró con su desprecio. Ese desparrame de euforia, mezcla incluso de emociones de las que personalmente me protejo, es su obra, su propia creación. No todas las víctimas tienen la entereza o la fortaleza moral de perdonar a su verdugo.

Los que hoy lloran, si acaso pueden desprenderse de su soberbia, deberían como mínimo entender a quienes hoy celebran. Es cuestión de lógica física elemental: a cada acción le corresponde una reacción. Cualquier gesto luctuoso sería una traición del exilio a sí mismo, ir contra natura. Los que lloran están moralmente abocados a entender y aceptar que sólo un régimen autoritario y excluyente como el de los Castro engendró esta explosión abierta, esta orgía espontánea de alegría en tantos cubanos en Miami y otras partes del mundo.

La muerte llama a la puerta incluso de aquellos que se creen inmortales, como señal inequívoca de que todo tiene un fin. Memento mori… «Recuerda que habrás de morir», reza esa vieja exhortación latina.

2) En el exilio, en la lejanía, en ese estado de ambigua y precaria libertad que la diáspora le reserva al inmigrante, muchos hemos sufrido y desafiado las consecuencias de iniciar una vida desde la más absoluta orfandad y marginación; aun así, muchos exiliados e inmigrantes cubanos han sabido construirse una vida digna (sin patria pero sin amo) desde cero. Esta es una victoria moral indiscutible del exilio sobre el castrismo. La otra victoria posible es la certeza de saber que el castrismo es un sistema zombie; hace tiempo murió aunque se resista neciamente a aceptarlo. Como sistema de poder sobrevive de su reserva de testosterona, de la inercia de su retórica falocrática y su cinismo de Estado que respalda un ejército sin el cual no pudiera administrar lo que queda de su capital simbólico y político. A esta altura carece de un discurso creíble con el que cohesionar el país. Su derrota ideológica se da en la forma de una curiosa paradoja: se sostiene del capital que produce el sistema económico político que tanto ha criticado y de las remesas de la gente que tanto ha despreciado.

Tal vez no era necesario esperar la desaparición física del caudillo para entender su inevitable fin, el hundimiento irrevocable de su legado y dinastía. Todos los fundamentos ideológicos que le animaron hace tiempo fueron derrotados, entre otras cosas por la inconsistencia de sus propios postulados teóricos y, luego, por su fraudulenta y mediocre puesta en escena política. Su gradual escoramiento hacia un capitalismo controlado por y desde el Estado evidencia el vacío y la demagogia de su discurso. No se construye una nación ni una sociedad psicológica y moralmente sana, económicamente próspera, reprimiendo y expulsando a la mitad de sus ciudadanos.

3) Espero que quienes hoy se hunden en la tristeza como aquellos que se elevan en la alegría, examinen cuánto del retrato psicológico del dictador llevamos dentro, cuánto de su carácter autoritario, de su intolerancia y desprecio por la diferencia si es que verdaderamente deseamos hacer de la isla un espacio de convivencia inclusivo, plural, un espacio de libertad para todos y, por tanto, opuesto al legado político castrista. Pero, por favor, permítannos expresar libremente nuestro júbilo, ya ni siquiera como un derecho político sino como la oportunidad de despedir con una carcajada a quien encarnó la imagen de la represión de un pueblo durante casi 60 años. El humor sana, es terapéutico, libera y resulta además una extraordinaria manera de exorcizar demonios.

Igualmente y en virtud de mi oficio, permítanme la frivolidad o la lindeza para citar con ironía al trovador: «Soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen, por este día los muertos de mi felicidad».

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