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Profecías en el país que somos

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los vivos oyen, con oído fino,
el silencio insepulto
Roberto Manzano

 

 

 

 

 

 

 

El último parte sostiene la guerra es simple escaramuza.
La reyerta devuelve a casa soldados, rompecabezas, recuadros,
hongos en pared, novias mutiladas, fragmentos cardíacos.
En regazo materno esta tarde se escuchan impactos de fusilería,
la aviación ronda, nos disturba.
Las mujeres son manojo íntimo, rosario de azucenas, gladiolos, amapolas.
Allende el hogar todo se distorsiona, los hijos asisten,
no vuelven a sonreír en familia alrededor de las ventanas.
Justo ahora el día se distribuye, asciende entre sus manos.
Las noticias esta mañana, aves en estampidas a las brumas, olor a pólvora.
Cuando culmine la guerra veré a generales extender mapas roídos,
trastocar en sus mentes seniles la historia.
La guerra está en camino, compro cinco higos,
dos canisteles, para refrescar las detonaciones, la demencia,
almaceno semillas para cuando pase la contienda,
he puesto los riñones en zumo de limón.
Puedo ser un arbusto, animal que pasto en los escombros.
Ignoro los zumbidos de los proyectiles.
Me ausento a las muertes en campos de batalla.
Mi padre se jubila por estos días, ya no lo reclutan.
Hago los símbolos de la nación con subterráneas aguas,
pongo a girar la buenaventura de casa.
Soldaditos de plastilina juegan, se descomponen,
si hablo en vox pópuli, me quedo sin el sustento,
mis plantas necesitan de mis miedos.
Soy lánguido, adoctrinado, aquí nada deja de ser en blanco y negro.

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