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‘Quemar las naves’: Lanzarse a fondo

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Señoras y señores: Cuentan con la oportunidad de poseer un libro con 50 piezas poéticas que corren a lo largo de 69 páginas.

Tienen la oportunidad de Quemar las naves y lanzarse a fondo por ese bosque donde la poesía nos resulta asidero, nostalgia, reflexión y más… Pero nunca revancha aunque el dolor del poeta, del hombre, rezuma en una y otra de las páginas de esta confesión una y múltiple, de esta llamarada que nos avisa que el porvenir puede ser atrapado aunque veamos cómo, antes, va nuestra “sangre saliendo a raudales”.

Paz y batalla es, entre otros rasgos, la poesía buena, voluntad de hacer, quejido que en ocasiones se acerca a las lágrimas pero finalmente no desemboca en estas; valentía, transparencia, pecho abierto de ese poeta que sentencia: “Soy el que se balancea en la cuerda floja/ el que no se va a caer/ y avanza hacia la luz/ aunque resoplen las tinieblas”.

Estos cuatro versos, ellos solos, creo que dan fe de lo que he apuntado antes.

Señoras, señoritas, señores, de acuerdo con lo que leemos en Quemar las naves, Jorge Olivera Castillo es poeta de la noche y la luz sobre todo, o quizás sería mejor afirmar de los hechos más rotundos de la Naturaleza. Así tenemos que en uno de los poemas más poderosos de libro, “Como…”, donde el poeta, melancólico, extraña “el fino aroma de tus palabras”, admite que “esta noche de abril” le “transmite” “los peores augurios”.

Y consternado, proclama: “Da igual que la noche salga corriendo”.

Y en un poemario rebozado de certeras sentencias no podía faltar esta: “las noches siempre son opacas” Y casi a seguidas consta, mediante uno de los versos de más fuerza expresiva del libro, que “un puñado de estrellas/subastan su mínimo resplandor en el tejado”. El mínimo resplandor de las estrellas, de esas estrellas…, esto lo dice todo, todo de una noche en esta oportunidad incierta, amarga.

Vean más adelante esta autoadvertencia: “Puede que antes de la medianoche/ encuentre el camino más corto/ hacia su memoria”. (La memoria de ella, la perdida, o la memoria que debe ir hacia ella.)

Noches, estrellas, luz.

Amores de hoy que se unen ¿o se suman? al amor que antes se ha tenido, luego se ha perdido, pero aun así se afinca en nuestro recuerdo y en pos de él, el perdido, tal vez personificado en otra figura, vamos de nuevo.

Pero Quemar las naves es lo antes dicho y más que eso.

“No te demores/ el tiempo apremia”, consta en otro de los mejores poemas de Quemar las naves, en mi opinión, “Artes plásticas”.

Lo cito más bien para anunciar un elemento que transita las páginas de este poemario: la sabiduría.

Vean si no en el texto “Clausuras”: “cerrar una puerta/ suele ser a menudo un acto insolente./ Cerrar dos indica que la razón/ fue convertida en pulpa./ Tres que estamos a merced de los cuchillos/ y las sombras./Cuatro que no habrá clemencia”.

Digo sabiduría y aclaro que es sobre todo aquella que adquirimos, más que del manantial de lo libresco, del otro, del ojo que mira, que mira y ha aprendido a ver.

Cito:

“No nos estamos quedando ciegos/ el asunto es que el mundo oscurece/ sin remedio”.

Y termino con el poema “Deducción”:

El hecho de que tengas mayor área de apoyo

no quiere decir que estés a salvo de los derrumbes.

No olvides que las rodillas

son más vulnerables a los cataclismos.

Así que ponte en pie sin pensarlo dos veces:

minimiza el peligro

sálvate de la ruina.

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Félix Luis Viera
Félix Luis Viera nació en Santa Clara en 1945. Ha publicado seis poemarios, tres libros de cuentos y cuatro novelas, más la noveleta “Inglaterra Hernández”. Su libro de cuentos “Las llamas en el cielo” es considerado por muchos un clásico del género en su país. En Cuba, recibió en dos ocasiones el Premio de la Crítica. Su novela “Un ciervo herido” —traducida al italiano en 2005— ha recibido una notable acogida de público y crítica. Su más reciente novela, “El corazón del rey”, incursiona en la década de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista. Su poemario “La patria es una naranja” fue merecedor en 2013, en Italia, de uno de los premios “Latina en Versos”. Comenzó su carrera literaria con el poemario “Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia”, Premio David de Poesía en 1976. Desde 1995 reside en la ciudad de México.

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