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Sobre el intelectual deprimido

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Facundo Cabral decía: “No estás deprimido, estás desocupado”. La depresión y la desocupación son primas hermanas que conducen de la mano al hombre, sobre todo al “intelectual” –entrecomillo cada vez más el término porque me suena cada vez más inverosímil—, a intentar sobresalir recurriendo  a atajos falsos. Atajos que conducen a ninguna parte. Callejones sin salida.

Existen, creo, dos atajos fundamentales a los que recurren los intelectuales deprimidos. Uno, atacar al prójimo sobresaliente. Otro, invertir los factores, esto es, intentar sobresalir sin crear antes algo que verdaderamente justifique el intento.

Me decía el escritor Armando de Armas en cierta ocasión que algunos, tal vez impelidos por una cierta incapacidad creativa, invierten la secuencia. El acto de figurar, de intentar sobresalir públicamente, no debería ser nunca el objetivo último, la meta, el horizonte. El acto de figurar, en todo caso, se justifica como medio, nunca como fin. Cuando figurar se convierte en un fin en sí mismo para quien actúa –y aquí hablo de “intelectuales”, no de cantantes o actrices–, estamos en presencia de alguien que pierde miserablemente su tiempo o sencillamente es un incapaz.

El intelectual deprimido no entiende que la desocupación es su problema. Por eso precisamente se deprime. Si escribiera creativamente, si intentara algo nuevo –otra ruta, otra visión, otro espíritu–, la depresión seguramente se esfumaría, pero en lugar de ello se aburre de repetirse. Instintivamente, inconscientemente, ha descubierto que no da más, y se desocupa. Baja los brazos. Se deprime. Es entonces que muerde la mano que le ha dado de comer (o que nunca le ha dado, que en tales casos viene a ser la misma cosa) y atenta contra sí mismo.

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