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Un premio frívolo

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Es razonable el malestar que ha ocasionado entre muchos de nuestros intelectuales del exilio la más reciente decisión del Centro Cultural Cubano de Nueva York, el cual otorgó su Medalla La Avellaneda al escritor Leonardo Padura.

No le concedo demasiada importancia a los premios, o no más de la que tienen como meros vehículos de promoción. Tal vez por eso no me da frío ni calor que Padura sea premiado con frecuencia, en tanto escritor de éxito comercial. Sin embargo, en este caso sí me parecen fundadas las razones expuestas por los inconformes. Y comparto su malestar. Debido al carácter bien particular del premio.

Se conoce, y además ha sido recordado públicamente para el caso, que el Centro Cultural Cubano de Nueva York es una institución creada por exiliados de la Isla para desarrollar y difundir nuestro patrimonio cultural “dentro de un marco democrático de libertad y autonomía, ajeno a las ideologías totalitarias”. Sin embargo, los directivos de este centro dicen haber otorgado el premio a Padura porque “su obra literaria refleja las miserias y contradicciones de la vida en Cuba”.

Creo que mucho mejor que Padura, el Centro Cultural Cubano de Nueva York ha reflejado, con el otorgamiento de este premio, las contradicciones de nuestra vida cultural y política. Porque si algo no ha hecho nunca Padura –y resulta fácil comprobarlo- es trabajar al margen de la ideología totalitaria del fidelismo.

Su obra, toda (incluida El hombre que amaba a los perros, novela sobre el asesinato de Trotski, que fue citada como ejemplo por los otorgadores del premio), no parece perseguir otro objetivo que maquillar ante los ojos del mundo la sucia y arrugada jeta del régimen. En tal dirección, mucho más que un reflejo de la realidad y un referente cultural, Padura es un valioso rubro de exportación para el castrismo. Por más que él y el castrismo se esfuercen por ocultarlo.

Dicho esto, también me gustaría aclarar que no me gusta para nada el papel de censor. Es algo que prefiero dejar en manos de los sargentos políticos del fidelismo.

Si ahora mismo nos pusiéramos a descalificar a todos los escritores (malos y hasta muy buenos) que han sido complacientes o cómplices ante las dictaduras, o que se han gastado existencias cobardes, oportunistas, pícaras, codiciosas, desvergonzadas… la verdad es que nos estaríamos perdiendo una porción imprescindible de lo más enriquecedor en la historia de la literatura universal.

Padura no alinea entre esos imprescindibles. Al menos para mi gusto. Pero es un hecho que en estos momentos sus libros destacan entre los más leídos de la literatura cubana, dentro y fuera de la Isla. Aunque mucho más afuera. Con todo lo malo, pero también con lo bueno que ello pueda significar, según para quién.

Así es que de la misma manera que encuentro justo y auténtico el malestar porque le entreguen la Medalla La Avellaneda, dado el valor real y simbólico de este premio, me ha parecido a veces desproporcionado el tiroteo de recriminaciones que suele silbar sobre su cabeza. Pues la mayoría cuestiona al escritor por asuntos ajenos al fruto de su oficio. Quizá si en lugar de gastar tanto tiempo insistiendo en sus pobres filiaciones como persona, hubiéramos profundizado en el análisis de sus pobres virtudes como escritor, el propio Centro Cultural Cubano de Nueva York no habría sucumbido a la frivolidad de premiarlo.

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