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Yeti en Siberia o el abominable hombre de las nieves

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Es el abominable hombre de las nieves. El eslabón perdido entre el hombre y el mono, pariente cercano del Pie Grande o Bigfoot nortamericano. El homínido telepático sobre el que se ha vuelto a hablar esta semana, a propósito de una expedición internacional científica de humanoideología organizada a 3.000 kilómetros al este de Moscú por el gobernador de Kemerovo.

Así que el Yeti no ha muerto: Vive en Siberia.

Él, que ha capturado la imaginación de millones de hombres, no ha podido ser capturado vivo. No obstante, especialistas de Rusia, China, Estados Unidos, Canadá, Mongolia y Suecia, todos miembros de la expedición científica, encontraron indicios de la criatura, huellas, pelos y hasta una cama vegetal en una cueva siberiana.

Según declaró a La Voz de Rusia Igor Burtsev, el director de la expedición, “el lecho estaba hecho de una capa gruesa de hierba y medía aproximadamente tres metros de largo por uno de ancho. Yo me tumbe en él, y era muy cómodo y suave”.

El director habló además de construcciones piramidales de troncos y ramas con aproximadamente tres o cuatro metros de altura, así como de los poderes telepáticos del Yeti, que le permitirían mantenerse alejado de la curiosidad humana.

Burtsev aseguró también que en Francia, en 1997, habría sido presentado un cadáver congelado de un hombre de las nieves de 2 metros y 60 centímetros de estatura, que enseguida desapareció en circunstancias enigmáticas.

En 2012, en un parque de Washington, una excursionista captó involuntariamente la imagen de un supuesto Pie Grande en su iPhone, cuando paseaba junto a un amigo por el bosque. La extraña figura aparece cruzándose en la distancia, en el ángulo superior del video, visitado ya por más de un millón de personas en Youtube.

En definitiva, la existencia del Yeti –Migou para los lamas— no ha sido científicamente demostrada. Cimentados en la narrativa popular, los relatos lo describen como un simio gigante bípedo fundamentalmente localizado en la cordillera del Himalaya.

Precisamente, en los años cincuenta, huesos de una enorme mano fueron atribuidos al hombre de las nieves en un monasterio del Tíbet.

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